Crítica de cineAugust 31, 2005 12:28 pm

Hacer una crítica de películas tan rematadamente absurdas como pueden ser Top Secret, Aterriza como puedas o la presente Zoolander es una tarea harto complicada. En primer lugar porque no se toman en serio a sí mismas y no son más que una parodia constante más propias de la televisión que de la gran pantalla, y en segundo porque su calidad cinematográfica desde luego no la hace destacar en los aspectos habituales de las grandes películas como un guión trabajado, una dirección complicada, actuaciones brillantes, etc. Sin embargo, dado que su cometido es hacer reír, se puede decir que Zoolander es una gran comedia estúpida, probablemente la mejor desde la época gloriosa de Jim Abrahams y David Zucker.

El argumento es tan simple como delirante. Lo más, como diría Dereck Zoolander. Un esbirro de los grandes magnates de la moda, el diseñador Mugatu, traza un plan para matar al presidente de Indonesia, que está acabando con la explotación infantil en su país y que causará un aumento de los gastos a las empresas para las que trabaja. Hasta aquí ya tenemos algo realmente absurdo y con cierta crítica y mala leche. Lo rematamos con la aparición de Zoolander como personaje elegido para ser hipnotizado y que asesine al presidente. ¿Por qué un modelo? Como dicen en el film, porque son atléticos y siempre hacen lo que se les dice. ¡Genial! Tanto como el tremendo personaje de Ben Stiller, el alma del film, y que está a la altura de Forrest Gump en cuanto a estupidez. Su antagonista, el guapo Hansel interpretado por Owen Wilson, es igual de surrealista y se marca alguna de las frases más memorables: “admiro la obra de Sting aunque no he escuchado nada de él”. Con estos tontos mimbres, el guión de Zoolander se desarrolla sin el menor interés y centra su atención en sus diálogos y situaciones absurdas.

Encontrar graciosa una película o un personaje es algo tremendamente subjetivo. Del ridículo y la vergüenza ajena a la carcajada hay una fina línea, y por eso Zoolander tiene tantos detractores como admiradores. Se puede obviar la parte filosófica del tema que nombra a Zoolander como una ácida crítica al mundo más superficial de la moda y el culto al cuerpo por encima del intelecto, porque realmente el ataque del guión de Stiller es demasiado sutil y no impacta tanto como sus propias frases, que hacen que el mensaje se diluya en favor de las miradas “acero azul” o “letigre”, que son y no son la misma, como se debate en la película.

Heredera de las obras maestras del absurdo de Mel Brooks o Jim Abrahams, Zoolander ha creado escuela en el mundo de la comedia como representante de personajes extraños, estética atrevida y diálogos desternillantes. Qué mejor que acabar esta falsa crítica con uno de los diálogos cumbre entre Zoolander y Mugatu, cuando este último le presenta una maqueta del sueño de Zoolander: una escuela chachi para niños que no saben leer ni escribir, chachi:
- ¿Qué es esto, un centro para hormigas? ¡Aquí no cabe ningún niño!
- Dereck, es sólo una maq…
- El centro debería ser, por lo menos… ¡tres veces más grande!

7/10

Crítica de cine 11:22 am

Se cumplen ahora 50 años desde la muerte de uno de las figuras de la América de los años 50, un icono de la juventud, de la rebeldía y que marcaría estilo en la sociedad como pocos han logrado. James Dean marcó estilo y se elevó a la categoría de mito de Hollywood con tan sólo tres películas. La primera de ellas, Rebelde sin causa, fue la película fetiche de la juventud norteamericana de un país que levantaba la cabeza ante el mundo. Su personaje Jim Stark era fiel reflejo de su personalidad: joven, incoformista, rebelde, tímido y solitario, su personaje es el centro de una película de jóvenes y para los jóvenes de la época que por lo demás no deja de ser un entretenimiento con algunas gotas de clásico.

La película cuenta en paralelo las historias de tres jóvenes sumidos en problemas de personalidad y con los padres y que no miran hacia adelante sino que luchan por hacerse un hueco en su presente colegial. El protagonista absoluto es James Dean con un personaje ya comentado, que llega nuevo al colegio y se ve retado al ser puesta en duda su valentía. Sus relaciones pasan por dos compañeros de aventuras y sueños: Nathalie Wood es una joven encuadrada en el grupo de los rebeldes y machitos, novia o algo parecido del líder del grupo que reta a Dean y que, irremediablemente, cae prendida ante los encantos de nuestro antihéroe. Por último Sal Mineo encarna al joven solitario, reflexivo y perdido que busca en Dean desesperadamente un amigo con el que compartir momentos y al que admirar. Los tres aparecen en la escena inicial en la jefatura de policía y juntarán sus vidas después de la famosa escena en la que Dean y el novio de Nathalie Wood se juegan sus hombrías respectivas llevando sus coches hacia un precipicio, ganando el que se salga del coche en el último momento. Es sin duda la escena más memorable de una película que por lo demás no pasa de mediocre.

Rebelde sin causa fue lo que fue en su momento, una película de símbolos, iconos, actitudes, pero no una gran película. Es interesante comparar el film de Nicholas Ray con otras películas películas para jóvenes de otra época, como puede ser American Pie, donde uno adivina las claras diferencias entre las ambiciones de los chicos en una época y otra. Más allá de eso, lo cierto es que Rebelde sin causa no pasa de tener un guión llevado con alfileres, con personajes cliché de personalidades no del todo bien dibujadas y un elenco de secundarios bastante pobre. Entretiene, eso sí, pero sobre todo en la parte final en la que por otro lado todo está rodeado de cierta inverosimilitud y a la vez poca sorpresa.

Convertida en clásico por su repercusión más que por su calidad cinematográfica, ver Rebelde sin causa hoy en día no es lo mismo que hacerlo dentro del contexto en que fue estrenada. Ha perdido con los años la frescura y el descaro que tuvo y no pasa de ser una muestra de en lo que se convertiría, en poco más de un año, una figura histórica como la de James Dean.

6/10

Crítica de cineAugust 30, 2005 11:50 am

El género del musical fue durante los años 30 hasta los 60 uno de los más taquilleros y extendidos dentro del Hollywood más clásico. Desde Fred Aistaire hasta Gene Kelly el género vivió su nacimiento, madurez y estado terminal. Poco ha mejorado el panorama desde entonces, y aunque en los últimos años ha habido una pequeña resurrección gracias a la polémica y original visualmente Moulin Rouge y la más clásica Chicago, lo cierto es que el género lo tiene difícil para impactar. Queda lugar a la originalidad porque, al margen del musical clásico y alguna rareza tipo The rocky horror picture show, poca diferenciación ha habido. Hedwig and the angry inch, personalísima obra de su director, guionista y protagonista John Cameron Mitchell surge en el panorama musical para revolucionar el género con una estética auténtica y una música de gran calidad.

Hedwig and the angry inch cuenta la historia del polifacético y extravagante Hansel a través de su música, plagada de canciones memorables. Es la historia de un niño que nació en Berlín Oriental y fue creciendo con sueños de grandeza y confusión sexual, hasta que, según cuenta, logró la libertad al casarse con un hombre haciéndose pasar por mujer tras una operación de la que surge la curiosa “angry inch” de la que mejor no comentar nada más aquí. Hansel, convertido ya en Hedwig, es abandonada y comienza a componer junto con Tommy, un joven que vive en la casa donde Hedwig trabaja. La relación de amor/odio que surge entre los dos no termina de funcionar a la perfección ni en la historia pasada ni en la presente, quizá por la propia confusión que Hedwig tiene en torno a ella. En cualquier caso, la vida de Hedwig se muestra como una fábula de tristeza y melancolía que ataca al espectador profundamente. Desde las primeras imágenes, en las que vemos a un personaje extravagante y estridente, hasta las últimas iremos poco a poco simpatizando con Hedwig y comprendiendo su triste historia, empatizando y sintiendo su sufrimiento y desilusión. Este es uno de los mayores méritos de la película.

El mayor, sin duda, es su música. La historia se nos cuenta a ratos con flashback y a ratos a través de las canciones, que le dan una intensidad mayor a todos los capítulos de Hansel y Hedwig. La calidad de la BSO es excepcional y llega a la categoría máxima en canciones como “Origin of love”, con la que se queda casi todo el mundo, y que cuenta con una de las letras más tiernas y bellas que se hayan podido escuchar en un musical. Como en este género no todo cuenta por lo que se escucha, el planteamiento estético es muy acorde con el espíritu de Hedwig y a pesar de ser una película de bajo presupuesto el trabajo de cámara y algunas escenas son realmente brillantes. La labor de John Cameron Mitchell es impresionante en cada una de las facetas que desarrolla, destacando la de actor por una interpretación sobresaliente que te deja con la sensación de haber visto una autobiografía. En la de dirección, además del uso de la estética hay que mencionar el fantástico uso de un recurso normalmente arriesgado y fallido como es el de los dibujos animados. Sencillos y simples pero encantadores, complementan las actuaciones perfectamente.

Hedwig and the angry inch resulta en consecuencia un musical muy distinto a los que estamos acostumbrados a ver, con poca luz y poca sonrisa y si mucho dramatismo. Una rareza del género que pasará de puntillas por el panorama pero llegará a todos los que conozcan la melancólica historia de Hedwig y que hará comprar la fantástica BSO a más de uno, para disfrutar la película con sólo escuchar una vez más “Origin of love”.

8,5/10

Crítica de cine 9:00 am

Dijo alquien en una ocasión que el nivel de vida de un país puede conocerse visitando sus penitenciarías, o algo parecido. Si siguieramos la regla, encontraríamos por ejemplo que la Turquía de El Expreso de Medianoche es tan deprimente como la odisea que pasa el protagonista de la película de Alan Parker, o que Brasil es tan caótica, masificada y sin embargo esperanzada como la cárcel de Carandiru. En un subgénero famoso por sus grandes fugas como es el de las películas de cárceles, Carandiru supone un acercamiento a un país por su puerta de atrás, lejos de las imágenes de futbolistas famosos, capoeira y samba. Un acercamiento desgarrador como el formato casi documental que escoge Hector Babenco, incluidas las entrevistas de la parte final.

Carandiru era una antigua cárcel, ya demolida, donde se agolpaban miles de presos, siempre por encima del máximo de capacidad del penal. La vida dentro de la cárcel no es como estamos acostumbrados a ver en otras películas. En Carandiru, ni el alcaide es malvado ni los guardias severos ni los presos andan amargados todo el día. Carandiru es más como una pequeña ciudad de delincuencia, donde los trapicheos, las armas, las drogas y el sida campan a sus anchas. Sobre todo este último, que acecha a todos en Carandiru y al que intenta hacer frente el protagonista principal de la película, el nuevo doctor que llega con la esperanza de paliar el desgaste que la enfermedad está causando entre los presos. En la primera hora de película nuestro doctor irá conociendo a diversos habitantes de Carandiru y a través de sucesivos flashbacks también nosotros les iremos conociendo. El ritmo de la película se resiente pues no existe trama que comience de ninguna manera. Es en la segunda parte en la que todos los personajes antes descritos tiene su cuota de protagonismo dentro de la cárcel y unen sus destinos confluyendo en el famoso motín que acabó con más de 500 presos indefensos y atemorizados.

El realismo de Carandiru es patente durante las algo más de dos horas de metraje. Para empezar fue rodada en las mismas instalaciones antes de la demolición, y los actores se meten en la piel de los personajes a la perfección, transmitiendo toda la angustia, la esperanza por una vida mejor, el arrepentimiento, la desilusión por la justicia, el miedo o incluso el amor. El doctor se irá encariñando de todos los presos porque en Carandiru no hay los ogros que vemos en otras películas carcelarias, sólo hay criminales que lo fueron porque en algunos barrios de Brasil muchas veces no tienes más oportunidades. La fotografía y el crimen acercan la película a la obra maestra Ciudad de Dios, pero el ritmo es más reflexivo y pausado.

Carandiru no es una película carcelaria más, es un acercamiento documentado al extremo a la historia de los penales masificados de Sudamérica a través de un film que va de menos a más claramente y consigue al final que empaticemos con los presos y suframos con ellos la brutalidad de una policía que, sin ser mejor que ellos, lo único en que se diferencia es en que tienen pretexto legal.

8/10

Cine de ayer 8:27 am

Frank CapraProbablemente uno de los directores más controvertidos de la historia, la filmografía y vida de Frank Capra siempre ha sido juzgada desde diversos ámbitos con una doble perspectiva. Por un lado, Capra fue un tremendo cineasta, probablemente uno de los primeros grandes directores del Hollywood clásico de los años 30 y 40. Por otro, Capra ha sido tachado de ultraconservador y patriótico fantoche, predicador en el desierto de valores infantiles e ingenuos. Sea como fuere, lo que está claro es que la historia ha reservado a este enorme director de actores e historias intimistas un lugar privilegiado, un lugar que probablemente él nunca soñó. Su obra más personal y en la que más esfuerzo puso, ¡Qué bello es vivir!, ganó con los años una popularidad tal en el ámbito familiar que cuando Capra murió pudo gozar de su posición oficial como “película de las navidades” por los buenos sentimientos desprendidos en un film ignorado en su estreno. Pero toda historia tiene un comienzo…

Frank Capra, como es bien sabido, fue inmigrante italiano. Nació en Sicilia y de muy pequeñito se fue a la tierra de las oportunidades y los sueños: la América emergente que se hacía paso dentro de la historia. Su vida se vio totalmente influenciada por las dos Guerras Mundiales, desarrollándose el grueso de su carrera cinematográfica en el periodo llamado comúnmente de “entreguerras”. Participó en ambas contiendas, aunque de distinta manera. En la I Guerra Mundial un joven Capra estuvo en el frente y poco después empezó a tontear en el mundo del cine gracias a su amigo y actor Walter Montague. Sus comienzos en el star system fueron de guionista y director ocasional hasta que fichó por Columbia y empezó a destacar como director de películas sencillas llenas de sentimientos, romance y actores emergentes.

El gran mérito de Capra fue el de lograr dignificar la tarea de la dirección dentro de Hollywood. Lograr convencer a los productores de que sus ideas podían funcionar y comenzar a dotar de personalidad auténtica a sus películas no era algo tan común en los años 30. Sin embargo Capra logró que sus films tuvieron un “sello Capra”, que el público conociera a sus películas por su director y, algo difícilmente imaginable entonces… ¡que su nombre apareciera antes del título de la película! Décadas después, su nombre se identifica claramente y hasta existen películas que el público observa como “capraquianas”, un adjetivo que se da a films de sentimientos bonitos, personajes confundidos y ambiente fabulesco. The Majestic, de Frank Darabont, sería un ejemplo interesante de ese tipo de cine.

Sucedió una nocheCapra obtuvo el éxito con sus primeros films a partir de comedias como La mujer milagro o Dama por un día. En este tipo de películas explotó su capacidad para dirigir actores en comedias con ligeros, muy ligeros, toques sociales. Tan ligeros como en su primer gran bombazo: Sucedió una noche. En esta exitosa película, Capra unió a Claudette Colbert y Clark Gable en su primer gran clásico. A partir de una pequeña anécdota, la huida de una rica heredera y su contacto con un periodista manipulador y sagaz, Capra construye una perfecta road-movie romántica en la que los dos protagonistas, inevitablemente, unen sus aparentemente imposibles destinos. Capra apunta maneras de lo que sería su cine más moralista con el primer toque de atención a la prensa, a la que deja como impasible ante los sentimientos. La lucha entre sentimientos y materialismo (riqueza vs. sencillez) se empieza a vislumbrar aunque, en líneas generales, la película es grande no por su trascendencia o significación sino por la química entre los dos actores y la perfecta dirección de Capra. Supuso, aparte del lanzamiento total de Capra y Gable, el primer Oscar para el director en su exitoso idilio con la estatuilla más anhelada de Hollywood.

El secreto de vivirEn Horizontes perdidos Capra ya desarrolla de manera completa, con una historia mezcla de aventuras y ciencia-ficción como excusa, su filosofía de vida, marcada por la lucha entre los sentimientos más puros como el amor, la amistad, la comprensión, la tolerancia, etc. y los instintos más materialistas: la avaricia, el egoísmo, la ambición desmedida, etc. Capra puede paracer, paradójicamente, hasta un comunista convencido, gracias a su aversión al capitalismo más feroz que encarnan personajes como el Sycamore de Vive como quieras o el señor Potter de ¡Qué bello es vivir! De vueltas con la prensa, Capra describe antes en El secreto de vivir el triunfo de la sencillez de un hombre contra el sistema corrupto. Uno de estos sistemas podrido para Capra fue la prensa; en El secreto de vivir Capra cuenta la odisea de un rico heredero, sencillo y pueblerino, que se tiene que enfrentar con la fama y los magnates del momento. Obra maestra con Gary Cooper como el héroe anónimo que luego encarnaría James Stewart como actor fetiche, y segundo Oscar para Capra.

Caballero sin espada Con un hilo argumental claro para sus películas Capra, con su compañero de guiones Robert Riskin, explotaría en los años siguientes todo el potencial que daba de sí el mismo tipo de películas que estrenó con El secreto de vivir. Del 38 al 41 realizó tres maravillosas películas que marcarían completamente su cine. Se trata de Vive como quieras, Caballero sin espada y Juan Nadie. En todas ellas conviven los mismos elementos, centrados sobre todo en la lucha ya comentada anteriormente. Particularmente brillante fue la película que le valió su tercer Oscar, Vive como quieras, en la que Capra dibuja el choque entre dos familias, cada una de ellas con su propia filosofía ante el mundo. Vive como quieras define perfectamente lo que para Capra era el sueño americano que él mismo disfrutó: la búsqueda de la libertad y no del dinero. En Caballero sin espada la lucha vuelve a ser la del hombre contra el sistema viciado y en Juan Nadie tenemos otro héroe anónimo vs. egoísta malvado.

Por si todo esto no fuera suficiente para marcar el carácter de Capra, durante los siguientes años dejó de un lado el cine más convencional para dedicarse a participar, como ya adelantamos, en la II Guerra Mundial. Fue a través de la serie de documentales Why We Fight, que trataban de justificar a los ojos de los americanos la presencia de EEUU en una guerra tan lejana de sus fronteras. Continuó la serie con algún documental extra como Cónoce a tu enemigo: Japón, y se ganó la fama de ultranacionalista y ultraconservador. Lo cierto es que Capra lo era, pero por el lado positivo. Es muy probable que si hoy en día se diera cuenta de en qué se ha convertido el capitalismo, le diera la espalda. El tiempo y la perspectiva histórica han hecho que sus películas parezcan cualquier cosa menos capitalista por ensalzar valores que esta filosofía de vida no se particulariza por atender en exceso.

¡Qué bello es vivir! De vuelta al cine, a Capra todavía le quedaba gasolina para firmar dos obras maestras al margen de su periodo exitoso. Primero fue una intrascendente película elevada a la categoría de obra maestra dentro de la comedia de enredo: Arsénico por compasión. Se valió del rey de la comedia Cary Grant para filmar una maravilla del humor negro con momentos inolvidables y un ritmo frenético. Recomendable para todos los gustos y muy al margen del cine más personal de Capra. No se puede decir lo mismo de su Obra Maestra con mayúsculas y absoluta: ¡Qué bello es vivir!

Capra quería, al finalizar la II Guerra Mundial, algo que elevara la moral de sus conciudadanos. Había terminado por ver en el cine un modo de expresión que llegaba a la gente y podía influir en su estado de ánimo, y así decidió rodar una historia familiar, cargada de buenos sentimientos, de momentos dramáticos y cierto toque fantasioso que en conjunto lograran evadir al pueblo de su melaconlía. Era el cine de siempre de Capra, pero revestido con un aura todavía más meloso y melodramático, sin tanta carga ideológica pero asequible a todos los públicos. Y el hecho es que fracasó. Capra tenía ya el control total de sus películas y se empeñó en hacer una película que sus allegados vaticinaron como fracaso. No parecía el momento mejor para una película así, pero por las mismas razones Capra creyó en ella. Es el tiempo el que ha elevado a ¡Qué bello es vivir! como una de las mejores películas de la historia. A finales de los años 60 se empezó a emitir en diversos países como complemento perfecto a la época navideña en la que también transcurre el film, y constituyó poco a poco una tradición familiar similar a poner el árbol de navidad juntos o cantar villancicos. Capra había traspasado las barreras de la pantalla grande y había convertido una sencilla y fracasada película en icono de la época más familiar.

¿Qué más podía pedir? Nada. Capra murió en 1991 con la satisfacción de haber hecho su labor, de haber puesto su granito de arena. Pocos directores ha habido en la historia tan personales, tan íntimos y que han elevado la tarea de dirección a lo que se entiende hoy en día, el auténtico alma de una película. Y es que, como él mismo añadió en el título de su autobiografía, fue el primer director en poner su nombre encima del título de la película. Él fue el primero de una interminable historia de grandes directores, de grandes nombres. Un genio, admirado por muchos y mancillado por otros cuantos, de filosofía polémica pero sincera y que ha hecho llorar en cada película a generaciones de espectadores.

Crítica de cineAugust 26, 2005 10:43 am

El término “utopía”, inventado por Tomás Moro a través de la novela del mismo título hace ya siglos, ha dado lugar a todo un subgénero literario de la ciencia-ficción mezclada con política. Aunque su contrario, la distopía, es la que mayores joyas ha dado al cine y a la literatura (siempre es más dramático un futuro incierto), también existen utopías recomendadas como La isla, de Aldous Huxley. Frank Capra adapta en Horizontes perdidos una novela de James Hilton en la que los elementos básicos de toda utopía están presentes: visitantes exteriores que se quedan prendados de la sencillez y humanidad del lugar, basado éste en un sistema pseudocomunista sin sitio para los malos sentimientos tan humanos como el egoísmo o la envidia.

La historia de fondo en Horizontes perdidos no es más que una excusa dramática de poco nivel para mostrar lo que de verdad importa en la película. Todo comienza con un dirigente inglés que en su regreso a Londres es secuestrado junto con otros cuatro compañeros y llevado a un lugar situado en medio del Tíbet, rodeado de montañas y nieve y aislado convenientemente del mundo, donde nuestros protagonistas podrán conocer Shangri La, un lugar de ensueño que poco a poco irá hechizando a los en principio involuntarios invitados a la ciudad. Horizontes perdidos mezcla la parte política del asunto con un poquito de fantasía aludiendo a la alta longevidad antinatural de sus habitantes, pero lo cierto es que este aspecto no aporta mucho y es innecesario. La película, una vez llegado a Shangri La, se dedica enteramente a describir las bonanzas del lugar sin apenas carga dramática, lo que la lleva a caminar inciertamente durante mucho metraje, pues lo que funciona en una novela (Utopía de Tomás Moro apenas tiene argumento y es más un folleto político) no lo hace en una pantalla. Sólo al final, con la confrontación del mundo capitalista moderno y la austeridad encantadora de Shangri La, habrá notas que despierten de nuevo al espectador.

Es curioso que Frank Capra dirigiera esta extraña película mezcla de aventuras y alegato utópico. Lo es porque Capra era un americano convencido de la bondad de su país y del ser humano, un nacionalista feroz y conservador que confiaba en los viejos valores. En Shangri La, sin embargo, lo que se respira es un ambiente comunista que no pega con el fantástico director de películas como ¡Qué bello es vivir! o Caballero sin espada. Y sin embargo Horizontes perdidos da la sensación de ser la película más personal del director, el sueño megalómano de un director de espacios reducidos que se atrevió a rodar una superproducción de diez meses de duración y alto coste. El resultado es espectacular a nivel artístico para la época en cuanto a efectos y escenarios, pero no tanto a nivel cinematográfico. La película de Capra adolece en su mitad de un vacío existencial en el que se dedica demasiado tiempo a describir un espacio y una filosofía de vida ya conocida en obras similares, convirtiéndose en una película demasiado descriptiva y con ritmo irregular.

Clásico por descubrir y bastante olvidado, Horizontes perdidos es una rareza dentro del austero cine de Capra, una superproducción mezcla de aventuras e ideología con buenas actuaciones y puesta en escena pero irregular desarrollo, que merece un visionado sobre todo por el aspecto utópico de la filosofía que hay por debajo.

6,5/10

Crítica de cineAugust 25, 2005 12:32 pm

El cine negro constituye uno de los géneros cinematográficos más difíciles de clasificar. La razón por la que una película se puede encasillar como negra reside más en la forma que en el fondo, no como ocurre con los géneros típicos de comedia, drama, bélico, terror, etc. Una fotografía oscura, un acontecimiento escabroso, un protagonista que casi sea antagonista por su pesimismo y decadencia, un tratamiento que casi diseccione el crimen en sí mismo… y todo eso lo cumple a la perfección una de las joyas del cine negro de los años 40, La mujer del cuadro. Fritz Lang, ya en su época americana, rodó la película con muy pocos ingredientes y personajes y centrando toda la atención en un absurdo incidente que da lugar a toda la trama: el asesinato en defensa propia del amante de una mujer por parte de nuestro protagonista, un pacífico profesor de psicología criminal.

A partir de tan involuntario incidente y apoyando las decisiones del protagonista en su carácter de experto teórico del mundo del crimen, Lang centra su atención en el proceso de deshacerse del cadaver y la posterior investigación, una vez hallado el cadaver. La victima resulta ser un famoso empresario, con lo cual la investigación se torna muy interesante. Para añadir una nota escabrosa y emocionante, el guión coloca al fiscal encargado de la investigación como un amigo personal del inexperto asesino, que una y otra vez comete errores y suelta inoportunas apreciaciones que suben el punto de suspense del film. En esta disección del crimen y la aparición de un tercer personaje, escolta del empresario y testigo del asesinato, se sustenta una inquietante trama que mantiene el ritmo adecuadamente gracias a una actuación estelar de Edward G. Robinson. Éste, alejado de sus papeles de villano o histriónico personaje, está muy comedido y marca sin cesar y con su continua presencia en la pantalla el tempo de la película, de la paz a la tensión y al sufrimiento. Es sin duda alguna el pilar sobre el que se sustenta la película. Basta con ver la expresión en un fotograma de Robinson para saber en qué momento de la película nos encontramos. Él y no la misteriosa mujer del cuadro es el absoluto protagonista.

Aunque no se pueda desvelar, el final resulta decepcionante e infiel con la propia filosofía del cine negro, exigencias de la época y de unos estudios que forzaron un final poco convincente y sin apenas fuerza. Quien la haya visto entenderá por qué.

No obstante La mujer del cuadro supone una de las mejores y más desconocidas películas de cine negro de la década de los 40. Al margen de El sueño eterno, la archiconocida El Halcón Maltés o Sed de mal, éste ha sido siempre un género desconocido para los espectadores de hoy en día, que envejeció mal y que tuvo su auge coincidiendo con unos momentos turbulentos de la historia americana como fueron los años 30 y la posterior ola de pesimismo a raiz de la II Guerra Mundial. No está de más recuperar viejos clásicos como éste cuyo principal cometido, al margen de los estudios que se puedan hacer del estilo, es entretener y mantener en vilo al espectador durante hora y media. La mujer del cuadro lo consigue gracias a la maestría combinada de dos genios de la época, cada uno en su campo: Fritz Lang y Edward G. Robinson.

8/10

Cine de hoyAugust 24, 2005 12:24 pm

Todo empezó con los autocines y la Nouvelle Vague, con las reuniones de cinéfilos de los años 60 y las sesiones dobles en el cine del barrio. Desde entonces, el cine se ha mostrado como una de las herramientas culturales más potentes y, lo mejor de todo, más al alcance de la mano de todos. Ahora la pintura o la escultura están menos de moda que La Década Prodigiosa incluso entre los círculos artísticos más esnob. Ahora lo que de verdad te va a hacer triunfar en las reuniones de amiguetes, en las de trabajo, con la chica que conociste el otro día por la noche y a la que invitaste al cine para conquistarla, es el cine. Pero, ¿cómo empezar a ser un erudito si tu cine favorito son las películas de Bud Spencer y Terence Hill y crees que Truffaut es una denominación de origen de algún vino francés?

No importa, no hace falta verse todos esos clásicos y películas para raros que tanto cacarean algunos por ahí. Es más, estás hasta seguro de que ellos tampoco las han visto. En realidad, ¡claro que no! Todo es fácil si te lo propones, y siguiendo algunas reglas básicas serás el rey de las discusiones cinéfilas con tus amigos, serás admirado por tus compañeros de trabajo que verán en ti a alguien erudito y profundo, e incluso aquella chica se quedará prendida de tus argumentos y tu saber. Lo mejor de todo es que tú, mientras, seguirás viendo las mismas pelis de Van Damme y Seagal, que sabes que es lo que de verdad vale. Sólo con atender a este breve curso, estructurado en 10 reglas básicas, serás el rey de la fiesta. Aconsejamos leer detenidamente y practicar cada regla con alguna discusión esporádica para lograr ser un maestro:

1. El cine, en Versión Original.
Alguna vez intentaste ver una película en V.O. y te diste cuenta de que pasabas más tiempo leyendo los subtítulos que viendo la acción porque no entiendes ni papa de inglés, pero todo buen cinéfilo sabe que la única forma válida de disfrutar del cine es en V.O. Así, los cines Renoir son tu santuario y afirmarás que te niegas en rotundo a ver una película doblada porque, incides contundemente, es una falta de respeto al séptimo arte (y remarca lo de “arte”). Si en tu ciudad no hay cines de V.O. porque tendrían menos éxito que Almodóvar en el Vaticano, será motivo de queja continua y sacarás el tema en cada discusión cinéfila. Así, de paso, tendrás una excusa sumamente jugosa para no ir al cine a ver los ladrillos que se supone son obras maestras.

En DVD siempre pondrás el idioma original aunque sea el hindí y no entiendas nada. Si alguien te espeta que no ve películas en V.O. porque se pierde la acción, le dirás que es un inculto y que si no es capaz de leer a buena velocidad lo suyo es sólo mirar a la acción porque el cine es un arte principalmente visual.

2. Los remakes y continuaciones, prohibidas.
Jamás has visto ni verás remakes. Siempre acudirás al clásico o país original para consumir cine. Jamás viste a Charlton Heston en Ben-Hur porque el encanto de la versión clásica muda es inigualable, y donde se ponga Frank Sinatra que se quite el George Clooney de Ocean’s Eleven. Por no ver, no has visto ni El Padrino II, de la cual dirás que fue una maniobra comercial de Coppola y que no merece la pena. De las trilogías famosas sólo has visto la primera, incluso en el caso de El señor de los anillos. No viste 12 monos porque te sabes de memoria el corto de La Jetée ni las versiones de pelis japos hechas en América.

3. Los géneros prohibidos.
Existen ciertos géneros que no están a la altura de la grandeza del cine y que, como tal, serán borrados de nuestros gustos cinéfilos de un plumazo. Insistimos en que todo esto son indicaciones para la discusión de marras y no la realidad, así que no te asustes cuando te digamos que la acción es un género prohibido, de hecho el más prohibido de todos, y que tu adorado John McKlein no es más que un icono fascistoide que los americanos nos tratan de colar como héroe. A ti no te las dan, y salvo excepciones remarcables el género de terror tampoco vale un cagado y puedes despreciar todo. El thriller nada de nada, es cine facilón que trata de engatusar al espectador con tramas poco realistas y enrevesadas artificialmente. La comedia, sólo la de Woody Allen. De ciencia-ficción te quedas con Tarkovsky, 2001 y si eso Blade Runner, aunque Ridley Scott no te guste en nada más. Si queremos simplificar, lo que nos irá a nosotros serán los dramas humanos hiperrealistas, cine social y esas cosas, y alguna muestra artística pura. Ya sabes de lo que hablamos, esas películas con las que todo el mundo se duerme pero son calificadas por cuatro gatos como puro arte. Luego hablando de nacionalidades detallaremos.

4. El cine, principalmente de antes de los 70.
Los 70 fueron una década excesivamente violenta aunque haya alguna película interesante. Por lo demás, el cine auténticamente bueno está antes de 1970. Toda película realizada antes de esa fecha será un pedazo de clásico que merece la pena revisitar, aunque sea un petardo comercialoide. Para que no te pillen en las discusiones sobre Capra o Ford dirás que hace tiempo que no admiras su obra y que tienes pendiente volver a ver todas sus películas de una sentada. Este argumento lo sacarás constantemente, porque recuerda que no hace falta ver una sola película para ser experto: basta con leer un par de cosas y tener las ideas claras sobre qué es lo verdaderamente bueno y qué no.

5. El cine, principalmente independiente.
Del cine actual también tendrás películas que admirar, pero está claro que no serán las que a ti te gustan. Nada de A todo gas ni Matrix. Tú no ves de eso y cuando te confundes de sala te vas del cine a los 10 minutos. Una regla general que te puede valer para casi cualquier discusión es que el cine americano moderno es pura mierda, y que el arte está en las cinematografías exóticas y a lo sumo en el cine europeo. Francia, Alemania, Italia son países en tela de juicio. Otros como República Checa, Serbia o Polonia son cinematografías a estudiar y admirar. Pero lo que de verdad vale es lo exótico… el buen cine, lleno de sentimientos, códigos ocultos y preciosa fotografía, lo encontrarás en Irán, India y Oriente. Wong Kar-Wai, Kiarostami, Kim Ki-Duk y otros cineastas del mismo palo son tus ídolos y llevarás fotos de ellos en la cartera. Siempre que te pregunten de qué va una de esas películas, porque en general la gente no tiene ni remota idea de quiénes son, dirás: “es una obra intimista sobre la naturaleza del ser humano, sobre lo que nos conecta y nos mueve, una desgarradora fábula social que me llegó muy dentro”. A lo que, ante el estupor general por la soplapollez que acabas de soltar, añadirás solemnemente: “tiene una preciosa fotografía”.

6. El cine como el Dogma, pero odias Dogma.
Hace unos cinco años era muy chic afirmar que eras un fiel seguidor del movimiento Dogma, pero cuando se descubrió que eran unos fantoches que sólo querían llamar la atención y que han roto continuamente sus propias reglas autoimpuestas, han pasado al ostracismo de nuestra admiración. Quedan los títulos y demás, pero como movimiento son lamentables. Sin embargo, sus reglas son para ti la auténtica manera de ver el cine, así que pásate por alguna página para echar un vistazo al manifiesto Dogma y hacer tuyos sus argumentos de lo que es “el buen cine, el cine como arte”. Esto viene a decir, más o menos, que lo bueno es retroceder 100 años y volver a los tiempos en que no había efectos, ni música ambiente, se llevaba la cámara al hombro y cosas del estilo. Si ves películas granuladas, mal enfocadas, que te mareen y en definitiva que te produzcan vómitos durante toda la noche, ésas serán las buenas. Desde luego, la regla básica es que los Efectos Especiales están prohibidos y son una aberración, y la manipulación digital por ordenador es una ofensa a la inteligencia del espectador.

7. Las adaptaciones: siempre mejor el libro.
Cuando alguien te hable de El Señor de los Anillos, unirás el concepto del punto 2 con este nuevo, afirmando solemnemente: “Peter Jackson me traicionó al no poner a Tom Bombadil, y no vi las continuaciones”. Tú no has leído El señor de los anillos, ni falta que te hace, pero usarás este argumento y lo defenderás a capa y espada aunque tolkinianos expertos te rebatan tus argumentos. Si logras pasar esta prueba, todo lo demás será sencillo, porque nadie lee un maldito libro y siempre tendrás el campo abierto para meterte con las adaptaciones aunque sueltes barrabasadas tremendas. Todo el mundo sabe que El Padrino es una adaptación de una novela de Puzzo pero, ¿quién se la ha leído? Nadie, así que podrás arremeter contra Coppola sin ningún miedo, afirmando auténticas tonterías como la profundidad de Michael Corleone en la novela y ausente en la película y cosas así. No hay ninguna adaptación mejor que la novela, como regla básica. Las excepciones se encuentran sólo cuando el cineasta es mucho más chic que el autor. Sin duda alguna El resplandor de Kubrick es mejor que el original del comercial Stephen King, por poner un ejemplo.

8. De movimiento en movimiento.
El cine se puede dividir fácilmente en movimientos fílmicos, y con tres o cuatro nociones podrás defenderte ante cualquier listillo. No nos estamos refiriendo al cine del destape o la etapa americana de John Woo, sino a cosas más cultas. Básicamente diremos:

- Expresionismo alemán. Sobre los años 30. Quédate con El gabinete del doctor Caligari.
- Neorrealismo italiano. Sobre los años 45. Quédate con El ladrón de bicicletas.
- Noir americano o francés (y no “cine negro”). Del 40 al 60. Quédate con Perdición.
- Nouvelle Vague francesa. Sobre los años 50-60. Quédate con Al final de la escapada.

Dependiendo de la discusión podrás admirar una u otra época, aleatoriamente y sin sentido alguno. El nombre de la película es para apoyar tu opinión y que no te pillen; lee una sinopsis de cada una para andar con paso firme. Con esto lo tendrás todo hecho en cuanto a historia del cine, pues ya sabes que después de 1970 muy poquito merece la pena.

9. Cineastas fetiche.
Existen varios nombres que nada más decirlos en voz alta todos te miran con cara de pasmarotes, tremendamente impactados por tu persona y tu cultura. Si quieres ser el rey de la discusión bastará con que los nombres para que todos te admiren y no se atrevan a poner en duda tus argumentos. ¿Quieres saber esos nombres, verdad? Lo tienes fácil aunque ten cuidado, hay mucho inculto que no conoce a algunos de ellos. A esa gente la mirarás con desdén y cierto desprecio, preguntándole cómo puede vivir sin haber visto una película de ellos. Nos estamos refiriendo a Ingmar Bergman, a Jean Renoir, a Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard, Yasujiru Ozu o Andrei Tarkovski. Con ellos de tu lado en una discusión, apoyado por los cineastas independientes del punto 5, serás imbatible completamente. Podrás atacar por el flanco del lado clásico y el frente del moderno con pie seguro. Nadie podrá contigo, principalmente porque nadie habrá visto una sola película de todos estos directores.

10. Discutiendo con estilo.
Si te están pillando en algún renuncio durante una discusión, recuerda que siempre puedes recurrir a la excusa de que hace tiempo que no ves esos clásicos o que del cine moderno apenas ves nada. Si se pone tonta la cosa, concluye ceremoniosamente la discusión afirmando: “mira, el cine de verdad se acabó en el 28 con la llegada del sonoro, yo sólo veo cine mudo”. Y santas pascuas, con eso dejarás a más de uno calladito. En cualquier caso recuerda que lo dicho aquí son sólo unos breves apuntes y que si quieres curtirte en el cine-arte tendrás que leer unas cuantas páginas web que sepan lo que es el cine bueno. Con leer cuatro cosas podrás afrontar tus primeras reuniones sociales como cinéfilo recién descubierto, y poco a poco en cada discusión podrás aprender de lo que dicen los demás (aunque en ese momento les lleves la contraria) y usarlo en las siguientes discusiones.

Reto final.
Si algún día estás rodeado de pérfidos listillos a los que parece imposible abordar con tus conocimientos de librillo, tienes ganas de caña y no te aguantas más, acósales con algo realmente novedoso y desafiante como por ejemplo encontrar significados ocultos en el cine de Seagal, simbolismos tremendos en Jackie Chan, crítica social aguda en el cine de Bud Spencer y Terence Hill o la visión de futuro de Uwe Boll. Defiende tus argumentos a capa y espada y comprenderás, al fin, que el cine es un arte tan subjetivo como la vida misma y que quizá hayas hecho el panoli yendo de lo que no eres. Pero esto después de llevarte a la chica a la cama, claro.

Crítica de cineAugust 23, 2005 8:43 am

Igual que las road movies, las películas de alumnos conflictivos con profesor romántico que los doma a través del arte se ha convertido ya en un género en sí, siendo cada vez más frecuente que cada nueva película nos recuerde las anteriores y nos vaya dejando una sensación de deja vu peligroso. Si El club de los poetas muertos fue el pistoletazo inicial, Los chicos del coro es la enésima versión de la misma historia, contada ahora desde un punto de vista francés pero con demasiados elementos ya vistos anteriormente. La mala noticia es que la película de Christophe Barratier se acerca más a Mentes peligrosas que a la excelente película de Weir.

Comenzamos con un funeral y el comienzo de un largo flashback. Siendo una película europea, corremos el riesgo de identificar estos elementos con Cinema Paradiso. Craso error. Los chicos del coro es mucho más convencional que la obra maestra de Tornatore y a partir de ese prometedor comienzo la película ofrece sus ingredientes sin innovar demasiado: empezamos con un internado con alumnos problemáticos con escasas oportunidades de futuro y castigados y oprimidos constantemente por el director de la escuela, que como no podía ser de otra manera es un ogro sin escrúpulos, ni ideales, ni sentimientos ni nada (algún día el gremio de directores de escuela y alcaides de prisión se quejarán públicamente de su trato en el cine). Llega el profesor romántico, enamorado del arte y de los niños, dispuesto a hacer de su vida un ejemplo de generosidad, flexibilidad, buenos sentimientos; por supuesto, obra el milagro en los niños. Tenemos también, no podía faltar, al especialmente rebelde chico que no se termina de decidir entre dedicarse al cante jondo o asustar viejas y con el cual el profesor tendrá que exprimir sus habilidades docentes. Al final la historia tiene la moraleja de siempre, la lucha entre dos sistemas de educación, el de mano dura acción-reacción y el comprensivo e integrador. A ver si algún día una película se posiciona a favor del primero, ¡sería realmente original!

Original como no resulta Los chicos del coro, en la que todo, absolutamente todo, es previsible y hace restar enteros al pretendido resultado conmovedor del asunto. Está rodada con tacto, los niños son un encanto (especial mención al dulce Pepinot), las canciones son preciosas (recomendable BSO), pero la película falla. No se puede esperar reescribir la misma fórmula cambiando sólo los factores y el país de origen y pensar que va a volver a funcionar igual de bien. Los chicos del coro no se sale de la línea ni siquiera en su complaciente tramo final, más cerca del pañuelo de lágrimas americano que del tacto europeo.

Una película recibida con los brazos abiertos por el público, ávido de buenos sentimientos, gestos bonitos y personajes entrañables, pero que probablemente con el tiempo pase a ocupar un lugar más en la cada vez más larga cadena de películas del estilo. Los chicos del coro aporta una visión europea al asunto pero se pierde en un tratamiento que, al final, parece más el remake de Mentes peligrosas o Sister Act que otra cosa. Desde luego, si Mentes peligrosas se hubiera rodado después de Los chicos del coro, todos diríamos que es un remake de ésta.

6,5/10

Crítica de cineAugust 22, 2005 12:11 pm

La mezcla de thriller y ciencia-ficción siempre ha dado buen resultado, actuando el primer género como catalizador y generador de la acción y el segundo como telón de fondo. Así, a bote pronto, la obra maestra al respecto es sin duda Blade Runner. Como interesante antecesora, de marcada serie B en su producción pero con una historia inquietante y trabajada, Cuando el destino nos alcance (título ciertamente penoso, dado lo bien que queda el original Soylent Green) resulta una adaptación que mezcla el ambiente opresivo de la novela de Orwell 1984 junto con algunas pizcas de otros títulos de ciencia-ficción.

El futuro de Soylent Green nos presenta un mundo que debido a la tremenda industrialización, la destrucción de la naturaleza y la superpoblación ha quedado hecho despojos. Inquietantes son las escenas con marabuntas de gente intentando conseguir un poco del Soylent Green del título para comer, o las constantes escenas de escaleras en las que el protagonista debe ir saltando por encima de la gente que se acumula en los escalones. Con este agobiante y desesperanzador fondo, la historia de Soylent Green gira en torno a un policía, interpretado con fuerza y chulería innata por Charlton Heston, que debe resolver un caso de asesinato de altos vuelos: la muerte de un dirigente de la empresa encargada de fabricar y distribuir el Soylent Green. El policía irá descubriendo poco a poco los entresijos del desgraciado mundo en que le ha tocado vivir y se meterá, cómo no, allí donde no le llaman. El ritmo de la película va en paralelo a la investigación, y aunque por momentos flojea, las escenas finales donde descubrimos la verdad detrás del asesinato bien valen todo el desarrollo más deficiente de la primera parte del film.

Soylent Green no contó con mucho dinero, eso se puede apreciar viendo la muy poca calidad de las peleas o la nula presencia de efectos especiales. Sin embargo se ha convertido en una pequeña película de culto para los amantes de la ciencia-ficción a los que les gusta la línea de distopías iniciada con Un mundo feliz o 1984. La aportación de Soylent Green a este universo distópico que algunos autores imaginaron es la de poner el punto de partida de la historia en un momento en que todo está a punto de explotar, en que la bajeza del ser humano llega a sus niveles más inesperados. Sorprende que en una crítica tan mordaz de la industrialización y un alegato indirecto a favor de la ecología esté presente un republicano tan representativo como Charlton Heston. Además de él, podremos disfrutar con unos secundarios estupendos en las actuaciones de Edward G. Robinson y Joseph Cotten, casi nada.

Soylent Green es una curiosa aportación al mundo de la ciencia-ficción más seria en una adaptación pobre en cuanto a recursos pero con el encanto de los 70 y el carisma de Charlton Heston.

7/10