Cine de hoySeptember 23, 2005 13:03 pm

Estudiemos el cine español
Que a estas alturas el cine español goza de poca simpatía por parte del público y que año tras año está cayendo en un pozo sin fondo es algo sin mucha discusión. Las cifras no mienten, por mucho que desde la ICAA quieran maquillarlas en los conceptos de cuota de mercado gracias a las sorprendentes incorporaciones de películas como El reino de los cielos dentro de la taquilla española. La realidad es que en los últimos años el peso de determinadas películas en el mantenimiento de una cuota de mercado decente (en torno al 15%) ha sido abrumador y ha hecho mantener el tipo, como por arte de magia, a toda la globalidad del cine español. Los datos son incontestables: alrededor de un 7,5% de las películas españolas consiguen el 60-70% de la recaudación global, quedando las demás con unas recaudaciones que en ningún caso logran sufragar el coste de la producción. La gran aventura de Mortadelo y Filemón, los dos Torrentes o Alejandro Amenábar, por ejemplo, han sido los causantes de que las cifras más o menos funcionen y el resto puedan darse palmaditas en la espalda orgullosos del trabajo bien hecho.

La realidad es otra: es la desconexión total entre los artistas y su público, la del rechazo a las películas españolas, la falta de calidad abrumadoramente mayoritaria, etc. ¿Por qué se ha dado esta situación? ¿Desde cuándo? A lo largo de los años 90 el cine español vivió una época de bonanza y progresión que le hizo situarse como una opción verdadera entre el público más allá de la típica “españolada” y ganarse el respeto del cine europeo. Hoy en día el crédito se va acabando y agotando, y la paciencia de los espectadores, que asisten entre atónitos e indignados al aumento continuo de subvenciones, se acaba por momentos. Éstas, como otras cualesquiera, pueden ser las causas del problema que, por mucho que algunos traten de disimular, existe en la mente de todos:

1. Desprecio total por el público.

Idi/Disi: aquí sí hay calidad, no como en American PieDesde declaraciones gloriosas de la Ministra de Cultura hasta soflamas absurdas en las galas de los Goya, el público español siente cada día más que la llamada “gente del cine” desprecia a su público. El cine es un arte, claro que sí, pero también es un negocio en el que un empresario (el productor) debe entender el negocio y mimar a sus clientes. Esta perspectiva se ha perdido completamente en el cine español. La solución no es, como muchos proclaman, cambiar el sistema, crear una Industria semejante a la de Hollywood y que se busquen la vida. Para ese tipo de cine, nutrido de capitalistas que sólo saben de números y resultados, ya tenemos precisamente al cine americano, y conocemos el descenso de calidad en las producciones americanas. Las subvenciones deben existir para defender el cine como arte. Igual que un Gobierno destina parte del dinero de los contribuyentes a la educación o la sanidad, no debiera parecerle a nadie descabellado que se destine dinero a algo tan poco de moda pero necesario como es la cultura, de la cual forma parte el llamado séptimo arte.

El problema es que el negocio de las subvenciones llegue a tal grado que el productor y por extensión sus asalariados (director, actores, etc.) desprecien de forma sistemática al público diciéndole qué debe ver en una pantalla de cine, bajo pena de ser si no un execrable inculto, un patán sin luces ni intereses. El cine español debe aprender que en la pantalla caben todas las formas de hacer cine, y de hecho ha visto como sistemáticamente ese cine sin tanto compromiso ni carga social como Isi/Disi, Torrente o Mortadelo y Filemón le ha salvado el culo de la cuota en espectadores, así que será mejor que no suelten soflamas continuas sobre lo que es mejor ver o dejar de ver. Todo puede convivir en la gran pantalla. Es cuestión de entender más los distintos tipos de público que existen en nuestro país, entender un sistema de Industria que haga sobrevivir al cine y el resultado final será mejor para todos.

2. Reivindicaciones políticas.

Cada año se superan en los GoyaLo de las últimas galas de los Goya no tiene perdón de dios. Que el momento cumbre del cine español anualmente se dedique a tonterías varias, reivindicaciones absurdas sobre la libertad de expresión, manifestaciones inoportunas que en otro marco tendrían más sentido y gilipolleces varias, lo único que ha conseguido es que mucha parte del público identifique a la “gente del cine” con un sector político y social cuando el público, sea del color que sea, es público cuyo dinero es igual de válido.

No es cuestión de atacar la libertad de la gente en cuanto a cómo y dónde expresarse, por supuesto que pueden hacer lo que les entre en gana; es una cuestión de oportunidad y agudeza visual. No se puede ser tan corto como para oscilar fervientemente hacia un lado y esperar que todos te rían la maniobra. Los cineastas no pueden identificar algo tan universal como el arte con una opción política, y los réditos los están recibiendo ahora. No es poco común cruzarse con gente que desprecia el cine español por “rojos” o “prisoístas” y que descarta ver cine español por estas razones. Creas unos prejuicios en la gente que bastante tiempo les va a costar quitarse de encima.

Si a esto le sumamos la existencia de las subvenciones y el aumento progresivo de éstas y la insistencia de la “gente del cine” en aumentarlas, el efecto es doblemente irritante para el público. Gente que te desprecia, que está manifiestamente en contra de tus opciones políticas y que además usa el dinero de tus impuestos. Estupendo, vaya.

Aparte queda el tema de la defensa contra la piratería, que resulta bastante hilarante teniendo en cuenta la poca aceptación del cine español. No merece la pena ni entrar en el tema por ello.

3. Exceso de producción.

Kibris: una película que todos esperábamos ansiosamente pero sólo duró una semana en taquilla
Como absurdas pueden calificarse las cifras de producción en nuestro país. En los últimos años se están produciendo unas 70-90 películas puramente españolas y 120-140 incluyendo las coproducciones. ¿Dónde se estrenan? ¿Cuáles son? ¿Cuánto duran en cartelera? Si a uno le piden enumerar estrenos españoles en los últimos meses, pocos le saldrán. Resulta ridículo que se esté produciendo tan ingente cantidad de títulos en principio destinados para el cine, cuando está claro que la demanda de cine español no es ni por asomo tan grande. Además de ello, si el cine español le parece de baja calidad, acuda a una película estrenada de tapadillo para llevarse las manos a la cabeza. No son piezas de arte por conocer, sino engendros para salir del paso muchas veces hechas por directores noveles, alimentadas a base de subvenciones y con nulo interés.

¿No sería mejor destinar las subvenciones a la mitad de producciones para conseguir títulos de mayor calidad? ¿No sería mejor crear un mercado más amplio de producciones para el cine y producciones para la televisión - telefilmes? Claro, que así no ganarían tantos.

4. Falta de calidad.

A pesar de ser todos unos incultos, nos gusta Mar adentroLa “gente del cine” acusa al españolito medio de despreciar el cine español y por tanto (observése la lógica irrefutable de la “gente del cine”) no tener ni idea de cultura y arte. Lo cierto es que el españolito no es tan tonto como creen, y sabe reconocer la calidad.

Piénsese, por ejemplo, en las series españolas. ¿Por qué ahí si funciona el producto patrio, incluso muy por encima del americano? Probablemente sea, sencillamente, porque detrás existe una cadena con sentido de Industria que quiere ganar dinero y hace productos adecuados para el público, productos que son demandados. Es así de simple. No quiere esto decir que el cine se vulgarice porque es un medio distinto al de la televisión y requiere de un mínimo de calidad, pero siempre existe el punto medio y pueden existir en la pantalla todo tipo de producciones. Si no echen un vistazo a Francia, de donde todos los años salen auténticos taquillazos sin demasiado interés artístico y también excelentes películas. Y les va de perlas.

O si no piénsese en Alejandro Amenábar. Un tipo que, le pese a quien le pese, lleva en cuatro títulos una carrera de éxitos, calidad reconocida y títulos nacionales e internacionales. El españolito medio calificado de tuercebotas por la “gente del cine” va en masa a ver sus películas. Ahí no existen los prejuicios, la incultura u otros inconvenientes del cine español. Es decir, Amenábar y su éxito prueban que el cine español no tiene problemas a priori, sino a posteriori. Se puede triunfar, aunque sea mejor echar la culpa al espectador y esperar las preciadas subvenciones que currarse las películas.

Otro dato de interés es la últimamente preocupante presencia española en las secciones oficiales de los grandes festivales. Ahí no hay prejuicios ni gente inculta, y sin embargo las películas españolas encuentran muy difícil colarse en las secciones oficiales, y mucho más en ganar algo. Excepción hecha de Mar adentro, claro está.

Como conclusión: si la “gente del cine” hace un cine que parece que sólo les gusta a ellos, que sólo disfrutan ellos, que sólo les congratula a ellos… ¿dónde estará el problema?

Crítica de cineSeptember 14, 2005 15:39 pm

A la sombra de 1984 y Un mundo feliz, la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 se ha situado en el mundo de la ciencia-ficción como la tercera en discordia dentro de las distopías del siglo XX. Su adaptación al cine, sin embargo, ha sido la más destacada gracias a la presencia de un director de tanto renombre como François Truffaut. Y resulta curioso que Truffaut, enganchado a la Nouvelle Vague, afrontara un título tan distinto a sus tranquilas Jules y Jim o La piel suave, rodadas meses antes de la adaptación de Bradbury. El resultado es un rara avis del cine de ciencia-ficción europeo de los años 60, mezcla de tratado sociológico en torno a la felicidad humana y distopía futurista de modesto corte.

La intención de Truffaut, parece, era hacer de una historia que podía dar lugar a mucho artificio y espectáculo visual una pequeña historia en torno a nuestro protagonista, Montag, y las dudas existenciales que le asolan en su futurista mundo. Como todo el mundo sabe en mayor o menor medida, Fahrenheit 451 gira en torno a un mundo en el que los libros están prohibidos y los bomberos, en vez de apagar fuegos, se dedican a quemar las pocas ediciones sueltas que quedan en casas de insurgentes. Los libros son el símbolo, más que nada, de un futuro en el que se nos aconseja no pensar para ser felices. Montag, a través de una curiosa muchacha, aprenderá que la verdadera vida está más allá de la incultura y la superficialidad que se extiende, y crecerá en él una irrefrenable curiosidad enfrentada con su ocupación y su mundo. Fahrenheit 451 es una película puramente sociológica por la vía indirecta, a través de la simbología y la pequeña historia que nos cuenta.

Como película, Fahrenheit 451 triunfa gracias a su fidelidad a la novela. Sus mayores logros están ahí y en la sobresaliente actuación de Oskar Werner, capaz de transmitir a su personaje toda las inquietudes que Montag siente, todas las contradicciones y la angustia a las que es sometido. Más allá de eso, Truffaut no se encarga de mucho más. La representación del futuro es más que modesta: resulta un tanto irrisoria y poco trabajada. La parte visual no es lo más importante para Truffaut, pero en una película de ciencia-ficción resulta la base indispensable para lograr captar al espectador. El ritmo, por otro lado, es un tanto irregular y la película necesita de casi una hora para empezar a rodar por sí sola, acabando sin embargo con una parte final demasiado atropellada.

Al final, a pesar de tener el nombre de Truffaut tras los títulos, la adaptación de Fahrenheit 451 no aporta mucho a la novela de Bradbury aunque sí algo más a la ciencia-ficción de la época, que se revolucionaría definitivamente como género serio dos años después con 2001, una odisea en el espacio. Como film, Fahrenheit 451 es una película irregular, fiel al texto pero despreocupada de la ambientación, que gana gracias a la actuación principal y a la maestría de Bradbury.

6,5/10

Crítica de cine 15:16 pm

En los últimos años las películas sobre el mundo de las drogas y sus efectos han sido numerosas y con algunos resultados realmente brillantes. A la completa Traffic, pensada más para el mundo de la droga en sí, se añadieron las historias más intimistas y centradas en los efectos nocivos Trainspotting y Réquiem por un sueño, un par de ejemplos sobresalientes de la cara más fea de las drogas. Terry Gilliam ha tratado en Miedo y Asco en Las Vegas, a la hora de adaptar la novela homónima de Hunter S. Thompson, trasladar a la pantalla con la mayor veracidad posible la experiencia de la droga en sí. No hay moralejas ni apenas historia, simplemente hay un flipe continuo de dos horas de duración alrededor del ácido, el éter y todo los tipos de drogas sintéticas que hicieron furor en los 70.

La historia es por tanto una mera excusa, y tan extravagante como los dos protagonistas. Un periodista se propone llevar a cabo una experiencia de periodismo extremo en la cual es el periodista el propio protagonista, a pie de campo, de aquéllo que está contando. Para ello se va con su abogado a Las Vegas, tierra de amoralidad, con un cargamento variado y extenso de todo tipo de drogas destinadas a ser consumidas en pocas horas y de continuo, sin tiempo para la pausa o el goce. Se trata de vivir la experiencia de vivir un fin de semana bajo los efectos de distintas drogas, grabar los resultados y ponerlas en papel. De ahí surgió la novela de Thompson y la película de Gilliam, que con fiel locura trata de dibujar visualmente las inconexiones de la mente del protagonista a través de una estética fantasiosa y excesiva que ya hemos visto en otros filmes de Gilliam. En Las Vegas, nuestros dos antihéroes vivirán distintas aventuras al amparo de las drogas que irán componiendo un fin de semana alocado en el que, en la parte más paradójica y curiosa del film, por ejemplo formarán parte del grupo de periodistas encargados de cubrir la convención de fiscales antidroga del país.

La dirección de Gilliam es interesante y consigue captar la esencia de la droga en sí, a través de imágenes sugerentes y paranoicas como una reunión de enormes lagartos o las fluctuaciones de las alfombras del hotel donde nuestros protagonistas se alojan. El look setentero es muy correcto aunque quizá para ahondar algo más en el trasfondo de la historia hubiera sido bueno aportar más información acerca del contexto en el que se mueven nuestros protagonistas, con una América emborronada por el sueño americano, la guerra del Vietnam y la insatisfacción de la juventud. Para acercarnos a Miedo y Asco en Las Vegas, sería bueno comparar este filme con otro que se mueve en el mismo contexto, Easy Rider, aunque la película de Gilliam oscila más hacia el flipe y la paranoia sin sentido. Para lograr este nivel de surrealismo constante en el que está inmersa la película, la labor de Johnny Depp y Benicio del Toro es más que correcta en dos papeles no muy académicos pero sí potentes y convincentes.

El resultado final es una película-experiencia de la que hay que esperar un remake cuando se invente el cine sensorial, pues la imagen y el sonido se quedan cortos a la hora de mostrar lo que se quiere con pleno resultado. El film de Gilliam resulta interesante pero no apto a todos los gustos y queda más como una curiosidad dentro del numeroso cine dedicado a una década muy peculiar de los EEUU, los 70.

7/10

Crítica de cineSeptember 13, 2005 9:02 am

Desde los años 30 hasta los 50, el desarrollo de las películas de aventuras, mezclando lo fantástico con la ciencia-ficción, creció alimentándose de seriales, de seres míticos como King Kong o Godzilla y las lecturas de las Crónicas Marcianas, La guerra de los mundos y novelas que hablaban de mundos perdidos y criaturas extraordinarias. Situada en un alternativo 1939, Sky Captain y el mundo de mañana trata de ser un entretenido y apasionante homenaje a todo ese mundo de fantasía, en cierto modo inocente e ingenuo, que se desarrolló en la época en la que discurre la acción. Lástima que el resultado sea absolutamente lamentable por la falta total de un guión más allá de los guiños y por atender más a la parte estética - importante, eso sí-, que a la argumental.

Porque el argumento es simplón y sencillo. Éste no es su pecado; de hecho nadie esperaría de una película así un guión complejo y profundo. No lo necesita la película. Sin embargo hay grados, y Sky Captain oscila hacia lo más esperpéntico. La propuesta no está mal para una película de aventuras: el capitán Sky, interpretado por Jude Law, tiene que liberar al mundo de las ínfulas de grandeza de un loco doctor que está arrasando ciudades y que oculta un proyecto megalómano que, cómo no, acabará con la Tierra. Mientras el doctor arrasa ciudades y secuestra científicos, una periodista se une al capitán Sky para acompañarle en su persecución de la verdad hasta llegar a la isla del doctor, suerte de homenaje a King Kong aún sin demasiado sentido. La pena es que todo diálogo y todo personaje en la película no es más que una caricatura, una parodia más que homenaje de los héroes de los seriales y la fantasía de los años 30 y 40. Los actores acompañan con unas actuaciones tremendamente lamentables, en especial Gwyneth Paltrow con el personaje más desfavorecido y que llega a poner los pelos como escarpias.

El guión se llena así de salidas fáciles, giros inexplicables, falta de ritmo lógico, pérdida de interés progresivo y al final aburrimiento supino, quizá el mayor pecado en un film hecho por y para entretener. La aportación del personaje de Angelina Jolie o el giro final no son más que la negra guinda de un pastel podrido e indigesto. Dejando a un lado el penoso guión y el feo dibujo de unos personajes insufribles, lo único que queda a un buen nivel es la estética de la película. Recuerda perfectamente y nos sitúa en la época, y los modernismos de la realidad alternativa son interesantes aún en su infantilismo. En ésta parte la película sí va acorde a lo que necesita y es lo poco que se salva. Quizá el pero haya que ponerlo en el abuso total de la utilización de los efectos digitales. Si estaban haciendo un homenaje a los años 30 y 40, quizá hubiera tenido más sentido usar más maquetas y artilugios y no unos FX digitales que cantan tremendamente y dan una sensación de irrealidad pretendida pero excesiva. Da la constante impresión de que lo único real que se ha usado fuera de un PC son los propios actores. Aunque éstos actúan tan mal que a uno se le pasa por la cabeza que hasta ellos están hechos por ordenador.

En fin, poco más puede añadirse sobre una película de la que lo peor que se puede decir es que aburre tremendamente. Probablemente a alguien que añore aquella época o claramente a los niños - probablemente ellos sí la disfruten mucho porque no se fijan tanto en muchas cosas- les entretenga y les transporte a épocas pasadas plagadas de aventuras. Pero cinematográficamente y calificándola como una película más, Sky Captain no merece nada.

3/10

Crítica de cineSeptember 6, 2005 8:33 am

Los biopics han sido de siempre una estupenda manera de darnos a conocer las vidas de personajes muy influyentes de nuestra historia. Los ejemplos son numerosos y solamente en los Oscar de este año podemos encontrar hasta tres de ellos, siendo Ray el más clásico en su concepción de biografía filmada, pues la historia se centra en la vida del protagonista hasta las últimas consecuencias y deja su brillantez en las manos de un Jamie Foxx que con toda justicia se hizo con el Oscar a Mejor Actor.

La historia por tanto se hila en torno a la vida del famoso cantante ciego Ray Charles, que revolucionó a su manera el mundo del R&B en los años 50 y vivió una carrera plagada de éxitos en una progresión constante que le hizo firmar títulos realmente carismáticos en el mundo de la música más allá del entorno al que él estaba dedicado. Paralelamente a sus triunfos en el plano artístico también asistiremos a una visión más íntima y menos amable de la cara más desconocida de Ray Charles, empezando por su trágica infancia marcada por la muerte de su hermano y su pérdida de visión, y terminando con sus constantes y largos problemas con la heroína y las mujeres. También se deja entrever un poco de sus reivindicaciones como persona negra del sur de EEUU, pero realmente se pasa un poco de puntillas sobre ello incluso en las razones de su adhesión a la petición de derechos para los negros (”es lo que hay que hacer y debe hacerse”). Todo ello, es evidente, rodeado constantemente de su música, que como no podía ser de otra manera es uno de los apartados más brillantes de la película.

Por lo demás el film de Taylord Hackford no pasará a la historia más que como un documento gráfico para aquéllos que estén realmente interesados en Ray Charles. No es una gran película. Su estructura es puramente lineal y recorre uno por uno los años de Ray con los acontecimientos más importantes de cada uno, sin dejar sitio a las licencias artísticas cinematográficas que pueden existir en El Aviador. El guión no se ha centrado en extraer la esencia de la vida de Ray y trasladarla a la pantalla, sino en seguir escrupulosamente todos sus avatares durante su carrera. El problema es que la vida de la gente no suele ser tan apasionante y al final los momentos dramáticos son repetidos una y otra vez casi desde el comienzo y la película pierde interés y fuerza después de la primera hora. Si además contamos con que Hackford alarga el metraje hasta más allá de las dos horas, tendremos un film tremedamente largo para todo lo que tiene que contar, y sin excesivas sorpresas. Eso sí, la que tiene es de bomba, y no es otra que la impresionante actuación de Jamie Foxx que, sin exagerar, se convierte durante el film en Ray Charles en todos los aspectos, haciendo que nadie discuta, como hacía tiempo no pasaba, un Oscar a mejor actor. Sólo por Foxx merece la pena ver la película pues su caracterización, movimientos, expresiones y fuerza consiguen que cuando en las escenas finales aparecen imágenes del Ray Charles auténtico nos parezca que es Jamie Foxx maquillado.

Un biopic más, sin demasiados alardes, Ray es una película irregular y excesivamente larga que probablemente interese y convenza a los fanáticos del fantástico músico pero que a nivel cinematográfico no pasa de ser un plano y rancio biopic con algunos buenos momentos y una, eso sí, estupenda música.

6,5/10

Crítica de cine 8:30 am

El mundo laboral, como tal, ha sido siempre bastante ignorado por el mundo del cine, más concentrado en el mundo de la oficina para otros menesteres como las relaciones laborales como en El apartamento o Armas de mujer. En el cine español la cosa se agrava y poco se puede encontrar, hasta que los directores Roger Gual y Julio D. Wallovits decidieron abordar un ecosistema tan particular como el de los trepas, los rebeldes, los explotadores y demás especies animales con los que muchos conviven más que con su familia cinco días a la semana. Smoking Room cuenta la nada interesante, a priori, historia de un trabajador con cierto punto rebelde que trata de movilizar a sus compañeros. Por el camino podremos ver a todos los tipos distintos de personalidades con las que uno se puede enfrentar en una oficina.

La historia es principalmente para Eduard Fernández y su reivindicación. Se trata de algo tan simple como que la empresa para la que trabaja ha sido absorvida por una multinacional americana y, con los nuevos vientos, se ha impuesto la regla de prohibición de fumar en toda la oficina. Los fumadores se ven obligados a salir a la calle y pelar frío, cuestión que termina de enervar a un ya de por sí suspicaz currillo que inicia una lucha quijotesca para recabar firmas y tratar de presionar a la dirección. Su objetivo es tan simple como que instalen una habitación para fumar, la smoking room del título. Su cruzada va tomando tintes de epopeya cuando observa que algo tan simple es mirado con malos ojos por sus superiores, que ven un acto de rebeldía necesitado de ser cortado, y sus compañeros, que sospechan de sus intenciones y le niegan repetidamente las firmas. En una escena memorable y que culmina lo mejor de la película, nuestro protagonista se tiene que enfrentar a los compañeros que habían firmado la petición y ahora, visto el poco éxito, se lo piensan mejor y quieren eliminar toda prueba de su participación.

Éste es sin duda el hilo conductor de mejor resultado en Smoking Room. Las demás subtramas se pierden en la poca efectividad, poco interés e incluso no finalización. Intentan representar momentos típicos de una oficina pero el guión se olvida del clásico presentación-nudo-trama que tan bien funciona, y dispersa la atención del espectador. La trama principal daba para los 90 minutos de la película con bastante sin necesidad de añadidos. En cuanto al realismo, está claro que las situaciones están forzadas y pueden resultar un poco inverosímiles, pero en general y salvo alguna conversación filosófica, están muy acorde con el ambiente de una oficina. A ello ayuda la estupenda actuación de todos y cada uno de los actores, que pasan en todo momento por compañeros de trabajo con sus obsesiones y necesidades. La realización deja claro el escaso dinero con que se ha contado pero éste en apariencia problema se convierte en una ventaja al usar los directores convenientemente un ambiente claustrofóbico, con primeros planos agobiantes, que consiguen transmitir perfectamente el clima de la oficina.

El resultado final es una película interesante que hace reflexionar sobre la servidumbre dentro de la empresa y la solidaridad y otro tipo de valores que se pierden al venderse como persona a un puesto de trabajo. Es un buen intento pero con resultado desigual que con un trabajo un poco más refinado del guión podía haber dado para una obra maestra. Se queda a medio camino pero aún así merece echarle un vistazo para comprobar como cosas que suceden dentro de nuestra oficina no son únicas, ni mucho menos.

7/10