Pecados capitales del cine español

Que a estas alturas el cine español goza de poca simpatía por parte del público y que año tras año está cayendo en un pozo sin fondo es algo sin mucha discusión. Las cifras no mienten, por mucho que desde la ICAA quieran maquillarlas en los conceptos de cuota de mercado gracias a las sorprendentes incorporaciones de películas como El reino de los cielos dentro de la taquilla española. La realidad es que en los últimos años el peso de determinadas películas en el mantenimiento de una cuota de mercado decente (en torno al 15%) ha sido abrumador y ha hecho mantener el tipo, como por arte de magia, a toda la globalidad del cine español. Los datos son incontestables: alrededor de un 7,5% de las películas españolas consiguen el 60-70% de la recaudación global, quedando las demás con unas recaudaciones que en ningún caso logran sufragar el coste de la producción. La gran aventura de Mortadelo y Filemón, los dos Torrentes o Alejandro Amenábar, por ejemplo, han sido los causantes de que las cifras más o menos funcionen y el resto puedan darse palmaditas en la espalda orgullosos del trabajo bien hecho.
La realidad es otra: es la desconexión total entre los artistas y su público, la del rechazo a las películas españolas, la falta de calidad abrumadoramente mayoritaria, etc. ¿Por qué se ha dado esta situación? ¿Desde cuándo? A lo largo de los años 90 el cine español vivió una época de bonanza y progresión que le hizo situarse como una opción verdadera entre el público más allá de la típica “españolada” y ganarse el respeto del cine europeo. Hoy en día el crédito se va acabando y agotando, y la paciencia de los espectadores, que asisten entre atónitos e indignados al aumento continuo de subvenciones, se acaba por momentos. Éstas, como otras cualesquiera, pueden ser las causas del problema que, por mucho que algunos traten de disimular, existe en la mente de todos:
1. Desprecio total por el público.
Desde declaraciones gloriosas de la Ministra de Cultura hasta soflamas absurdas en las galas de los Goya, el público español siente cada día más que la llamada “gente del cine” desprecia a su público. El cine es un arte, claro que sí, pero también es un negocio en el que un empresario (el productor) debe entender el negocio y mimar a sus clientes. Esta perspectiva se ha perdido completamente en el cine español. La solución no es, como muchos proclaman, cambiar el sistema, crear una Industria semejante a la de Hollywood y que se busquen la vida. Para ese tipo de cine, nutrido de capitalistas que sólo saben de números y resultados, ya tenemos precisamente al cine americano, y conocemos el descenso de calidad en las producciones americanas. Las subvenciones deben existir para defender el cine como arte. Igual que un Gobierno destina parte del dinero de los contribuyentes a la educación o la sanidad, no debiera parecerle a nadie descabellado que se destine dinero a algo tan poco de moda pero necesario como es la cultura, de la cual forma parte el llamado séptimo arte.
El problema es que el negocio de las subvenciones llegue a tal grado que el productor y por extensión sus asalariados (director, actores, etc.) desprecien de forma sistemática al público diciéndole qué debe ver en una pantalla de cine, bajo pena de ser si no un execrable inculto, un patán sin luces ni intereses. El cine español debe aprender que en la pantalla caben todas las formas de hacer cine, y de hecho ha visto como sistemáticamente ese cine sin tanto compromiso ni carga social como Isi/Disi, Torrente o Mortadelo y Filemón le ha salvado el culo de la cuota en espectadores, así que será mejor que no suelten soflamas continuas sobre lo que es mejor ver o dejar de ver. Todo puede convivir en la gran pantalla. Es cuestión de entender más los distintos tipos de público que existen en nuestro país, entender un sistema de Industria que haga sobrevivir al cine y el resultado final será mejor para todos.
2. Reivindicaciones políticas.
Lo de las últimas galas de los Goya no tiene perdón de dios. Que el momento cumbre del cine español anualmente se dedique a tonterías varias, reivindicaciones absurdas sobre la libertad de expresión, manifestaciones inoportunas que en otro marco tendrían más sentido y gilipolleces varias, lo único que ha conseguido es que mucha parte del público identifique a la “gente del cine” con un sector político y social cuando el público, sea del color que sea, es público cuyo dinero es igual de válido.
No es cuestión de atacar la libertad de la gente en cuanto a cómo y dónde expresarse, por supuesto que pueden hacer lo que les entre en gana; es una cuestión de oportunidad y agudeza visual. No se puede ser tan corto como para oscilar fervientemente hacia un lado y esperar que todos te rían la maniobra. Los cineastas no pueden identificar algo tan universal como el arte con una opción política, y los réditos los están recibiendo ahora. No es poco común cruzarse con gente que desprecia el cine español por “rojos” o “prisoístas” y que descarta ver cine español por estas razones. Creas unos prejuicios en la gente que bastante tiempo les va a costar quitarse de encima.
Si a esto le sumamos la existencia de las subvenciones y el aumento progresivo de éstas y la insistencia de la “gente del cine” en aumentarlas, el efecto es doblemente irritante para el público. Gente que te desprecia, que está manifiestamente en contra de tus opciones políticas y que además usa el dinero de tus impuestos. Estupendo, vaya.
Aparte queda el tema de la defensa contra la piratería, que resulta bastante hilarante teniendo en cuenta la poca aceptación del cine español. No merece la pena ni entrar en el tema por ello.
3. Exceso de producción.

Como absurdas pueden calificarse las cifras de producción en nuestro país. En los últimos años se están produciendo unas 70-90 películas puramente españolas y 120-140 incluyendo las coproducciones. ¿Dónde se estrenan? ¿Cuáles son? ¿Cuánto duran en cartelera? Si a uno le piden enumerar estrenos españoles en los últimos meses, pocos le saldrán. Resulta ridículo que se esté produciendo tan ingente cantidad de títulos en principio destinados para el cine, cuando está claro que la demanda de cine español no es ni por asomo tan grande. Además de ello, si el cine español le parece de baja calidad, acuda a una película estrenada de tapadillo para llevarse las manos a la cabeza. No son piezas de arte por conocer, sino engendros para salir del paso muchas veces hechas por directores noveles, alimentadas a base de subvenciones y con nulo interés.
¿No sería mejor destinar las subvenciones a la mitad de producciones para conseguir títulos de mayor calidad? ¿No sería mejor crear un mercado más amplio de producciones para el cine y producciones para la televisión - telefilmes? Claro, que así no ganarían tantos.
4. Falta de calidad.
La “gente del cine” acusa al españolito medio de despreciar el cine español y por tanto (observése la lógica irrefutable de la “gente del cine”) no tener ni idea de cultura y arte. Lo cierto es que el españolito no es tan tonto como creen, y sabe reconocer la calidad.
Piénsese, por ejemplo, en las series españolas. ¿Por qué ahí si funciona el producto patrio, incluso muy por encima del americano? Probablemente sea, sencillamente, porque detrás existe una cadena con sentido de Industria que quiere ganar dinero y hace productos adecuados para el público, productos que son demandados. Es así de simple. No quiere esto decir que el cine se vulgarice porque es un medio distinto al de la televisión y requiere de un mínimo de calidad, pero siempre existe el punto medio y pueden existir en la pantalla todo tipo de producciones. Si no echen un vistazo a Francia, de donde todos los años salen auténticos taquillazos sin demasiado interés artístico y también excelentes películas. Y les va de perlas.
O si no piénsese en Alejandro Amenábar. Un tipo que, le pese a quien le pese, lleva en cuatro títulos una carrera de éxitos, calidad reconocida y títulos nacionales e internacionales. El españolito medio calificado de tuercebotas por la “gente del cine” va en masa a ver sus películas. Ahí no existen los prejuicios, la incultura u otros inconvenientes del cine español. Es decir, Amenábar y su éxito prueban que el cine español no tiene problemas a priori, sino a posteriori. Se puede triunfar, aunque sea mejor echar la culpa al espectador y esperar las preciadas subvenciones que currarse las películas.
Otro dato de interés es la últimamente preocupante presencia española en las secciones oficiales de los grandes festivales. Ahí no hay prejuicios ni gente inculta, y sin embargo las películas españolas encuentran muy difícil colarse en las secciones oficiales, y mucho más en ganar algo. Excepción hecha de Mar adentro, claro está.
Como conclusión: si la “gente del cine” hace un cine que parece que sólo les gusta a ellos, que sólo disfrutan ellos, que sólo les congratula a ellos… ¿dónde estará el problema?