Crítica de cineOctober 31, 2005 11:31 am

En el extenso subgénero del cine bélico dedicado a la guerra de Vietnam, existen películas como Nacido el 4 de julio o El cazador más dedicadas a las secuelas de la guerra, sin importar cuál sea ésta, que a la guerra en sí. Adrian Lyne se aproximó a este tema con una película mezcla de varios géneros y temas, y cuyo principal mérito es el ambiente onírico que se respira en todo el film. Sin embargo es precisamente esa mezcla de géneros la que produce una confusión tal de guión que al final del todo uno se plantea si la historia se puede coger por algún sitio y si nos han contado algo realmente coherente y estable. Una buena definición de La escalera de Jacob puede ser la de una película a la sombra del cine de Lynch pero que no llega a ser tan redonda ni completa en su planteamiento de guión.

Porque efectivamente la película arranca con una fuerza tremenda gracias a una brillante escena en el metro de Nueva York. Lyne nos aterroriza y nos hace movernos en el sillón a la vez que nos presenta una historia con tintes sobrenaturales y un personaje confundido y asustado como el de Jacob, interpretado muy correctamente por Tim Robbins. Jacob luchó en Vietnam y años después comienza a sufrir pesadillas por culpa de los recuerdos de la guerra. La primera media hora de metraje profundiza en este terror inicial pero, cuando uno quiere más, la trama se para en seco y pasamos a la fase thriller en la que Jacob, junto con algunos ex-compañeros de guerra, intentará resolver los misterios que les persiguen a todos. Cierta implicación del gobierno americano y sus experimentos se sugieren, pero de una manera no demasiado profunda y sin demasiado interés. El paso siguiente es el drama y la resolución final, incoherente a todas luces con unas cuantas cosas de lo anteriormente visto. Lo mejor es abstraerse y creerse el final, porque a nivel de guión la película pretende abarcar mucho y aprieta poco. Demasiados géneros no solapados sino consecutivos, que hacen perder el foco de la historia en varias ocasiones y despistar al espectador, que no sabe si quedarse con los demonios del comienzo, las pesquisas del medio o los recuerdos del final.

Así todo, lo que realmente destaca en la película de Lyne son las intenciones y su manera de rodar una historia de terror y thriller. Con una dirección interesante y en algunos casos adelantada a su tiempo, Lyne rueda escenas que individualmente son muy buenas, aunque pierdan en el conjunto. La escena inicial en el metro es una de las mejores escenas de terror nunca rodadas, pero también hay otras de tensión y confusión igualmente logradas. Todo ello rodeado de una ambientación mitad onírica mitad deprimente con una Nueva York alejada de lo que vemos en las postales, sucia y ochentera totalmente. Las escenas de Vietnam son modestas en comparación a otras películas pero tienen la fuerza necesaria y provocan lo que pretenden, la inquietud del espectador.

La escalera de Jacob resulta así una película que no llega a ser ni de terror, ni thriller, ni drama, rodeada de cierto ambiente Lynchiano buscando la confusión del espectador a base de giros y escenas que buscan agitar al espectador. El resultado final no es particularmente brillante a nivel de guión, pero sí supuso una pauta para el cine de thriller sobrenatural que llegaría con los años gracias a films como El sexto sentido, y nos dejó alguna de las mejores escenas del terror de los años 80.

6,5/10

Crítica de cine 11:07 am

La historia del western ha tenido altibajos y todas las aproximaciones posibles en un género de temática tan limitada e historia tan larga. De todos los acercamientos estilísticos posibles, Sam Peckinpah rodó un western inclasificable por sus novedades violentas que se convirtió en su obra maestra jamás superada a pesar de rodar joyas y marcar la pauta del incipiente cine violento que dominó la taquilla en los años 70. Peckinpah logró con su Grupo Salvaje rodar un western mitad clásico mitad crepuscular rodeado de violencia, honor, amistad y que en algunos aspectos heredaba las buenas maneras del spaghetti por su crudeza y escenarios sucios y deprimentes situados en las zonas menos monumentales del Oeste americano. El resultado es una obra maestra de más de dos horas cargada de escenas memorables y personajes inigualables.

Grupo Salvaje tiene distintas capas que van envolviéndose hasta dar forma a todas las tramas que contiene. En el interior tenemos la historia de amistad/rivalidad entre Pike Bishop (brillante William Holden) y Deke Thornton. Mediante hábiles y rápidos flashback nos cuentan cómo antes eran delincuentes y compañeros y, por una jugada del destino y de las autoridades de la zona, se convierten en rivales en un juego de gato y ratón. Deke debe cazar a Pike, a su pesar, para conseguir salvarse de la pena de muerte. El respeto al rival es evidente y el juego de la trama consigue que no exista un malo definido, pues Pike y Deke son en realidad la misma persona con distintos destinos. Pike, mientras, y con Deke pisándoles los talones, sigue con sus tropelías al mando de su grupo salvaje, encargado de atracar pueblos en la zona fronteriza entre EEUU y México. Tras un fracaso pasan al otro lado de la frontera y conocen a un general disidente llamado Mapache, para el cual planificarán un golpe en el cual tratarán de conseguirle armas y munición para su particular revolución. En todo el proceso conoceremos al grupo de Pike, sus motivaciones, amistades, ética y habilidades violentas.

Todo ésto le sirve a Peckinpah para dibujar un western en el que aún estando presentes los valores tradicionales, las diferencias de estilo son fundamentales. Aquí no hay duelos al sol ni indios al acecho: Peckinpah revienta la pantalla a base de escenas de acción que ya quisieran algunos directores actuales saber planificar con tanto esmero y maestría. Pocos han logrado saber subir la temperatura en los momentos precisos y con el tempo perfecto, rodar la calma que precede a la tormenta con el fin de mantener al espectador pendiente de lo que inevitablemente va a suceder. El montaje es perfecto y nos lleva de un punto a otro de manera clara, lejos de los videoclips de hoy en día. Particularmente brillante es una escena que no estaba en el guión y surgió sobre la marcha, y que gracias al montaje parece planificada al milímetro, como es la escena del robo del tren. Sin apenas diálogo, con un par de miradas y colocando la cámara justo en el lugar preciso, Peckinpah revoluciona la película, que a esas alturas estaba pidiendo acción. El acto final es también una muestra más de la habilidad de Peckinpah para rodar con una mezcla de tensión, violencia, romanticismo y furia.

Con una historia interesante y sombría, de héroes que no lo son y antagonistas que no lo parecen, una dirección perfecta y tres o cuatro escenas que se encuentran entre las más memorables de la historia del western, Sam Peckinpah dio vida al género y dio paso a una de las épocas más brillantemente violentas del cine mundial.

9/10

Crítica de cineOctober 28, 2005 10:42 am

La violencia siempre ha sido un elemento básico en el mundo del cine, y varios géneros la tienen presente casi de manera constante: desde las películas de mafia de los años 30, el cine negro o todos los años 70 en general hasta llegar a los 90 en los que ha sido una constante de muchos de los taquillazos del cine de acción. Existen películas que han tratado el crimen y la violencia desde un punto de vista más analítico, sobresaliendo el cine de Sam Peckinpah y la rompedora Perros de Paja. Es sin embargo la película de Torneur Retorno al pasado la que argumentalmente más se parece a Una historia de violencia, el intento por parte de Cronenberg de diseccionar un arrebato tan humano y a la vez animal como la violencia, pero que al final se diluye en un guión poco brillante y que ofrece una salida barata.

La parte inicial de la película recuerda, sin duda, a la mencionada Retorno al pasado. Tenemos una clásica familia americana de pueblo que vive de manera sencilla, sin los agobios de la gran ciudad y respirando amor por las cuatro esquinas. Un día el padre, un frío Viggo Mortensen, que regenta una modesta cafetería, se convierte en héroe al solventar un atraco en su establecimiento por la vía rápida y de manera brillante. La prensa acude a su puerta, los vecinos le adoran… y sin embargo todo se empieza a torcer. El puntual subidón de fama trae consigo la llegada al pueblo de un par de sicarios y su jefe, un brillantísimo y enigmático Ed Harris, que afirman conocer a Tom, el padre, y añaden de paso que él es en realidad un antiguo gángster de Philadelphia llamado Joey. La película sube de temperatura y los incidentes posteriores trastocarán la sólida estructura de la feliz familia, los valores del padre se verán debilitados y todo su mundo estará en peligro. Cronenberg aguanta muy bien la tensión de estos momentos con un ritmo pausado y bien llevado, coronado por unas escenas violentas de magistral crudeza.

Sin embargo lo que resulta una buena primera parte de película, se va agotando por la falta de recursos argumentales. Buen planteamiento, regular resolución del mismo, y media hora de metraje por delante rematada de manera facilona y mediocre a pesar de la presencia de un también correcto William Hurt. Las actuaciones en general se mueven entre lo aceptable y lo brillante, pero es sobre todo la dirección la que sale mejor parada, gracias al pulso de Cronenberg a la hora de rodar dos de los tipos de escenas que mejor se le dan: violencia y sexo. Lástima que el guión no acompañe demasiado la película y al final conforme una mezcla de historia que suena a vista anteriormente y thriller al uso normal y corriente. Sólo gracias a la mano de Cronenberg la película gana puntos y da apariencia de ser algo más de lo que en realidad es, porque como disección de la violencia existen ejemplos mucho más brillantes, limpios y completos como la mencionada Perros de paja.

Película entretenida, intrigante por momentos y dirigida con pulso gracias a un ritmo muy adecuado que la aleja de películas de similar factura, Una historia de violencia es una película irregular que gustará a los fans del controvertido director Cronenberg y las películas de tensión sobre todo, pero que dejará a medias a los que esperan una historia más redonda o un auténtico estudio de la violencia.

7/10

Crítica de cineOctober 26, 2005 16:04 pm

El cine puro de autor siempre se ha balanceado peligrosamente entre los calificativos de arte supremo y tomadura de pelo, sin saber si el surrealismo tiene una intencionalidad y un sentido último o el propio sinsentido es la brillante aportación del cineasta de turno. Los años 60 vivieron un auge de este tipo de cine y tuvieron en Michelangelo Antonioni a uno de sus más fieles y aplaudidos representantes. Blow-up supuso la incursión de Antonioni en un Londres que, además de adaptarse perfectamente al tono de la historia, le permite desplegar toda su imaginería de retrato mod y pop de una época en la que la música y la rebeldía juvenil llamaban a la puerta de la sociedad. Cine no para todos los gustos, Antonioni dibuja una película errática, confusa y episódica que dejará a cuadros a la mitad del público y será admirada por la otra mitad.

El argumento engaña claramente. Engaña porque se plantea una trama más o menos intrigante que termina siendo nada más que una metáfora más de las que Antonioni plaga su película para transmitir lo que quiere decir. Thomas, un acertado David Hemmings, es un fotógrafo de alto nivel, misógino, egoísta, soberbio y vacío, que se dedica a retratar a insulsas modelos con pocas luces y muchas ganas de ser famosas (hay cosas que nunca cambian). En un mundo rodeado de vacuidad, pragmatismo y materialismo, Thomas se mueve como pez en el agua como el tiburón que se come un mundo hecho a su medida. Sin embargo no es todo alegría en su vida, y a raíz de un intrigante suceso se empieza a plantear, sin darse cuenta, el verdadero sentido de su vida. Un día fotografía a una pareja en un parque y cuando éstos se dan cuenta, la mujer corre hacia él asustada con la intención de recuperar el carrete, sin éxito. Ella, una enigmática Vanessa Redgrave, acude a su casa y al final es engañada con otro carrete. Thomas comienza a revelar las fotos y tras sucesivos aumentos (blow-up) cree adivinar ver que se ha cometido un asesinato. Ahora Thomas tendrá una misión en su vida.

Todo esto le sirve a Antonioni para despistar a la audencia, porque al final el asesinato no es la clave del film. Sí lo son los juegos de aumento que dan título al film y que representan la confusión hoy en día entre realidad y percepción, alimentada además por las tecnologías. A partir de ese momento Antonioni mezcla escenas-capítulos sin demasiado sentido y movido más por motivos estéticos que nada, consiguiendo desquiciar a los espectadores ávidos de una resolución, lógica o no, del asesinato, a la par que enloquece de pasión orgásmica a los admiradores que esperan de Antonioni algo distinto. Y lo es, a pesar de que haya escenas de dudoso interés más allá de lo estético. El final sí es, sin embargo, una interesante metáfora de todo lo que nos ha querido contar Antonioni. La forma de contarlo sea probablemente lo más conflictivo: probablemente para llegar al mismo punto no haya que ser tan enrevesado, rebuscado y pretencioso. No es ni más ni menos que la sensación que le queda uno al ver una obra de arte modernista de la que te cuentan que explica el sentido de la vida. Probablemente sea así, pero que se lo cuenten a otro.

Estéticamente la película fue una revolución en su época y su verdadera razón de éxito entre las masas y la denominación de película más comercial de Antonioni. Los colores usados a conciencia, la decoración de la casa de Thomas o algunas escenas nos sumergen con facilidad y brillantez en la estética de la Londres pop de los 60. Se añade al éxito también la presencia de un desnudo frontal por primera vez en el cine inglés.

Una rareza más de Antonioni, indicada para aquéllos que se deseen iniciar en el cine de este curioso personaje, pretencioso para unos y visionario para otros, cuyo mayor mérito se puede decir que es meter en una batidora un guión y salir airoso del asunto.

6,5/10

Crítica de cineOctober 25, 2005 15:55 pm

La segunda colaboración entre el peculiar director francés Jean-Pierre Jeunet y la actriz Audrey Tatou, tras la aclamada Amelie, llega en forma de melodrama bélico-romántico, nada más y nada menos, en la interesante Largo Domingo de Noviazgo. Repitiendo esquemas, estética, personajes, códigos e intenciones, la película de Jeunet no sorprende tanto como Amelie ni es tan redonda, pero supone un paso adelante más en su carrera como director distinto y curioso a la espera de títulos de seguramente parecido corte. Largo Domingo de Noviazgo probablemente no desilusione a los fans de Amelie, pero probablemente también dejé un sabor de boca amargo a los detractores de la fábula de los buenos sentimientos universales que supuso el lanzamiento al estrellato de la frágil Amelie-Tatou.

Manteniendo el tono fabulesco de Amelie pero cambiando de contexto, Jeunet sitúa su film en la posguerra de I Guerra Mundial. Una joven enamorada no ha sabido nada de su novio en los últimos tres años y comienza a tirar del hilo de un ovillo intentando desentrañar una turbia historia que aparentemente acabó con la vida de su chico: éste fue condenado junto con otros cuatro compañeros por automutilación y soltado en campo de batalla, frente al enemigo, para morir a manos de éste (curiosa manera de ejecutar). Con ese punto de partida Mathilde, Audrey Tatou, investigará lo que ocurrió en realidad a través de una galería de personajes pintorescos que le irán dando y quitando esperanza a partes iguales. A través de sucesivos flash-backs, viajes, escenas aparte y comentarios al margen de todo, Jeunet transforma una convencional historia melodramática al máximo en un compuesto al gusto de su anterior película. Jeunet se las arregla para que, a pesar de no tener que ver argumentalmente en casi nada, Amelie y Largo Domingo de Noviazgo parezcan películas hermanas. El problema de Jeunet es que a la hora de compensar el texto original en que se basa la película le sale un guión demasiado enrevesado para la pantalla, demasiado confuso y que por momentos llega a no interesar al espectador, alargando además el metraje a base de investigación y nuevos personajes. Probablemente con la mitad de personajes la película hubiera lucido mucho más, porque aunque la investigación es la columna vertebral, no deja de ser otra herramienta que usa Jeunet para dibujar su particular universo.

Parte de la culpa de que el film nos recuerde a Amelie la tiene Audrey Tatou, que aun con personajes bastante distintos imprime tanto su frágil personalidad a Amelie como a Mathilde hasta llegar a convencer al espectador de que son la misma persona en distintos contextos. Los secundarios habituales de Jeunet también contribuyen y finalmente lo que más nos recuerda a Amelie son los pequeños detalles que tanto le gustaban a Amelie y que aquí se dejan entrever y la fotografía. Este aspecto técnico que suele tratar de pasar inadvertido es en manos de Jeunet una forma de expresión más. Era sin duda el mayor acierto estilístico de Amelie y trata de serlo en Largo Domingo de Noviazgo, con una diferencia fundamental: el abuso agota. Los colores de tonalidad ocre plagan la pantalla en las escenas de Tatou hasta un punto en que termina cansando la vista del espectador, y lucen más en un campo de batalla por otro lado perfectamente detallado.

Como conclusión, Largo Domingo de Noviazgo trata de recoger los mayores méritos de Amelie y explotarlos al máximo, pero a Jeunet le sale el tiro un poco errado y al final abusa de los recursos que tan buen resultado le dieron en Amelie. Aún así el film aguanta el tirón, se deja ver perfectamente y tiene momentos realmente brillantes.

6,5/10

Crítica de cineOctober 21, 2005 11:38 am

En su última etapa en el mundo del cine, Clint Eastwood se ha dedicado ante todo a sus películas, a la dirección de aquéllos temas que más le han atraído, pequeñas y sencillas historias de un sencillo hombre del pueblo. Esperamos que la racha iniciada a partir de la exitosa Mystic River no encuentre su anticipado final en la brillante Million Dollar Baby y continúe rodando éxitos de público y crítica. La vigesimoquinta película dirigida por Eastwood tiene un impoluto guión en el que la capa más externa nos habla del mundo del boxeo y que por debajo nos cuenta los sueños de ambición de una joven de pueblo sin futuro pero con esperanzas que gracias a su trabajo y su constancia logra alcanzar cotas que sólo en sus imaginaciones habría soñado.

Maggie Fitzgerald, caracterizada por una muy correcta Hilary Swank, llega al gimnasio de boxeo de Frankie, Clint Eastwood en una de sus mejores actuaciones en su papel definitivo, para cumplir su sueño: ser la campeona mundial de boxeo. En la primera parte de la película-combate que Eastwood nos regala Swank dedica todo su esfuerzo y tesón a convencer a un reticente Eastwood para que la entrene. El viejo no está por la labor de incluir a una fémina entre sus ocupaciones y más después de la decepción que se ha llevado con su último púgil, y da negativas definitivas sin fijarse demasiado en ella. Morgan Freeman, tan encantador como siempre, intercede por la joven y comienza el entrenamiento y la carrera de Swank en una continua cascada de combates y K.O. que llenan la película de sangre e imágenes vibrantes. Sin embargo es entonces cuando la película, que parecía destinada a ser una más entre las películas de deporte y superación, al margen de la brillante factura con la que está rodada, sube de nivel y da un paso más allá para descubrirnos el bello cuadro de la relación que se ha establecido entre entrenador y púgil, que supera los simples consejos y el sentimentalismo. Es en esta parte en la que Million Dollar Baby consigue el K.O. con el espectador, donde le asesta un duro e inesperado golpe que logra tumbar sin sutilezas al más pintado. Eastwood se guardaba una carta marcada por la emoción y la autenticidad que pocos lograrían controlar de esa manera.

Million Dollar Baby habla de la ambición de Maggie, que consigue contagiar a Frankie y hacerle recuperar las ilusiones. Todo lo demás es complementario en la película, desde la presencia de Morgan Freeman, pasando por el ambiente y los personajes del gimnasio hasta la egoísta familia de Maggie, cuya existencia en el film es la única nota discordante y efectista, de cara a subir unas décimas la emotividad que ya tenía garantizada Eastwood. La película va de menos a más y la primera parte se ve salpicada por un exceso de von en-off que aunque deja algunas de las mejores líneas del novelesco guión estorba en exceso. Sí está bien dosificada la comedia y el drama en está primera parte, dejándolo todo en manos del puro dramón en la parte final.

La parte técnica de la película está a la altura de los anteriores trabajos de Eastwood, que últimamente logra sobre todo sacar lo mejor de sus actores. Swank vuelve a sus mejores tiempos de Boys don’t cry y Freeman está igual de bien que siempre en una madurez inesperadamente brillante. Sorprende que sea él mismo, Eastwood, el que más dé de sí para completar una actuación impagable a la altura de sus mejores westerns. La fotografía es realmente destacable con sus claroscuros continuos y el colorido tenue del gimnasio, y el rodaje de los combates recuerda a las mejores películas de boxeo, con un equilibrio perfecto entre crudeza y emotividad. El combate contra la Osa Azul es un compendio de planos que se meten dentro de la acción de un deporte probablemente antinatural, como dice Freeman, pero que sienta muy bien a la pantalla grande.

Una de las mejores películas de Eastwood, que tras Mystic River se supera y consigue una película mucho más completa a todos los niveles, desde el emocional hasta la calidad del guión. Una historia de ambición y ascenso que recuerda el sueño americano con sus realidades y las mejores películas de boxeo, incluida Toro Salvaje. Lirista y poética, Million Dollar Baby maneja el ritmo como si de un combate se tratara para conseguir un K.O. incontestable en los ojos del indefenso espectador.

8,5/10

Crítica de cine 11:36 am

Los otros discurría en una casa inglesa perdida en su mayor parte y la acción de Mar adentro se ciñe a una casa en Galicia. Hasta ahí podemos nombrar los parecidos objetivos entre las dos últimas películas de Amenábar, y esto es lo que hace grande no ya a la película sino a su director, un genio en ciernes que lo mismo le da escribir, que dirigir o componer música aún no sabiendo leer ni una partitura. Eso sí lo tienen en común las dos películas, la genialidad y profesionalidad que se respira en todo trabajo hecho por Amenábar. Mar adentro es la última, pero el ansia hace esperar con ganas la siguiente entrega de su corta pero rica filmografía.

Hablar de Mar Adentro es hablar de Ramón Sampedro en primer lugar, y de la actuación que nos regala Javier Bardem, un Bardem demacrado y transformado para caracterizar e interpretar perfectamente al protagonista de una de las historias con más polémica del país en torno a un tema estrella de debate televisivo: la eutanasia. Amenábar, y esto hay que dejarlo bien claro, se desmarca de una visión polémica, tendenciosa o generadora de debate en torno a la eutanasia y se centra en Sampedro, en la historia que subyace bajo los titulares sensacionalistas entre Economía y Deportes. Esto no es cine social, esto es cine de sentimientos puro y duro, desgarrador y que consigue llegar muy adentro para arrancarte lágrimas, sonrisas y sensibilidad. Además no hay trucos, no hay un desarrollo de menos a más para que nos desahoguemos con las últimas escenas, cual película pastelosa americana. Aquí la sensibilidad arranca en cada escena, en cada mirada, en cada frase.

Técnicamente la película es perfecta, aunque todo esto sea secundario. La música es sublime y la manera de irla mezclando con las imagenes perfecta: el viaje volando de Sampedro te pega a la butaca e impresiona, merece la pena una entrada de cine sólo por ella. La fotografía y la dirección adecuadas y muy profesionales, como de otro país. En cuanto a las actuaciones, es tema aparte. En sus tres primeras películas Amenábar no se había destacado por una dirección de actores especialmente audaz, su principal reconocimiento se refería a su faceta como escritor y escenógrafo. En esta ocasión las actuaciones de Bardem o Lola Dueñas, por ejemplo, son para quitarse el sombrero y le siguen todos y cada uno de los actores. Incluso Belén Rueda, una elección de casting cuanto menos sorprendente, cumple correctamente, aún quedando por debajo de sus compañeros.

En fin cine en estado puro, cine para sufrir, reir, disfrutar, emocionarse, llorar, identificarse con los personajes, entender, comprender, compartir y esperar, esperar a la próxima de Amenábar. ¿Con qué nos sorprenderá la próxima ocasión? Acabo con una de las sonrisas que nos provoca Sampedro/Bardem:

- No sabía que fumabas.
- Bueno, por si me mata.

9,5/10

Crítica de cineOctober 4, 2005 15:50 pm

Madurando hasta llegar a ser uno de los cineastas más versátiles del cine británico el director Danny Boyle, que impresionara a medio mundo con su Trainspotting, se ha hecho con una filmografía cuanto menos curiosa y heterogénea. Del drama social de la película que lanzó a la fama a Ewan McGregor pasó al pestiño pretencioso de La isla con un Di Caprio de moda y el fatalismo de 28 días después. Ninguna convenció tanto como Trainspotting, y si bien su última Millones no llega a la altura del nuevo clásico sobre el mundo de las drogas, lo cierto es que resulta una curiosa película plagada de buenos sentimientos, fantasía y una ternura especial.

La historia gira en torno a Damian y su hermano, que tras morir su madre y mudarse a los suburbios de la gran ciudad, un día que está jugando en la vía del tren ve como cae sobre él una mochila repleta de libras. Damian, con una ingenuidad acorde con su edad y sus creencias religiosas, interpreta la caída del saco como un envío divino para hacer con el dinero lo que debe hacerse: repartirlo entre la gente más necesitada. A este sencillo argumento se le añaden unos cuantos factores para darle emoción al asunto: por un lado un ladrón, el auténtico y fraudulento dueño del bolsón, empezará a reclamar amenazantemente el dinero al pequeño Damian, y a la vez ambos hermanos tendrán la necesidad de gastar o cambiar el dinero rápidamente porque un elemento anecdótico y fantasioso de la trama establece que Reino Unido está a punto de cambiar su moneda de las libras a los euros (desde luego es más fantasía o realidad alternativa que ciencia-ficción viendo como está el tema con los euros en Gran Bretaña). Estos elementos y otros como el escarceo amoroso del padre no suman demasiado al argumento principal e incluso por momento hacen que nos olvidemos de qué va en realidad Millones.

Porque Millones habla de la moralidad perdida, de cómo un niño en su inocencia puede tener un alma tan pura como para dedicarse a repartir su dinero, de cómo puede soñar con ángeles y pedirles consejos sobre lo que debe hacer con los pobres, y el contraste de todo esto con el mundo de los adultos: más zafio, egoísta e interesado. Todo lo demás forma parte de la confusión en la que un quizá poco trabajado guión envuelve al espectador restando interés por momentos a la trama. A pesar de ello el resultado es suficientemente onírico gracias a la dirección hábil de Boyle, la fotografía adecuada y una selección musical y Banda Sonora muy acordes con el tono de la película. Mención aparte merece el niño que interpreta a Damian, Alexander Nathan Etel, un encanto de crío que realiza una de las actuaciones infantiles más puras que se ha podido ver nunca.

Al final el film de Boyle no pasará a la historia del cine y probablemente ni siquiera de su resentida filmografía, pero sí que supone una nota de optimismo alrededor de un director que prometía mucho y se quedó en poquito. Película recomendable por sus ingenuos valores y sus protagonistas para los más pequeños de la casa, que entretiene bastante y logra hacer sonreir al espectador. A la espera de lo próximo de Boyle, Millones es un digno título.

7/10