Cosas del blogDecember 21, 2005 9:40 am

Billy Bob Thornton y yo te deseamos una feliz Navidad. Aunque seas ateo, musulman o budista, aprovecha estos tan católicos días, ejem, para estar con los tuyos. Éso voy a hacer yo y por tanto me despido hasta después de Reyes: vuelvo como El Almendro a casa de mis padres y allí no hay Internet. Sí que tienen reproductor DivX así que me llevaré un cargamento de películas que luego comentaré por aquí. También iré al cine a ver la controvertida King Kong. A ver qué me parece a mí porque hay de todo.

Lo dicho, sed felices y hasta dentro de unos días.

Crítica de cineDecember 12, 2005 17:14 pm

Si un extraterrestre usara las películas al uso de Hollywood para entender la juventud de los terrícolas pensaría que éstos son bastante retrasados o algo peor, pues productos hilarantes pero vacíos como American Pie y sucedáneos se han encargado de limitar la percepción de la vida en la juventud a una continua carrera por el sexo y la diversión. Lo cierto es que en muchos otros momentos la vida de un joven es un debate interno continuo en la búsqueda por lograr hacerse una personalidad y un hueco en la vida. Peter Bogdanovich exploró estas posibilidades en un ambiente ideal a tal efecto en la olvidada por muchos La última película, film cargado de melancolía y nostalgia, ambientado en una época de cambios en la vida de los tejanos de los años 50.

Anarene, un pueblecito de la mala muerte en medio de la nada de Texas, es el centro sobre el que gira toda la historia de La última película. Anarene es un callejón sin salida para los otros tres jóvenes protagonistas del film, un sitio perdido donde no hay nada que hacer salvo echar un billar en el salón del viejo Sam el León (Oscar secundario para un fantástico Ben Johnson) o barrer la calzada. Es un lugar a medio caballo entre el viejo Oeste, representado por Sam, las películas del cine local como Winchester 73 o el polvo constante, y la nueva juventud ávida de perspectivas de futuro, representada por el triángulo formado por Sonny, Duane y Jacy, tres jóvenes que afrontan el final del instituto sin saber muy bien hacia donde dirigir sus vidas. Los tres personajes, con su complejidad y contradicción interna de la edad, suponen el punto más fuerte de la película y donde se dirigen casi todos los esfuerzos del guión, dejando Bogdanovich al final una película que supone más un cuadro coral de Anarene y su gente que una película que se centre en un hilo argumental concreto. Este diseño es además calculado al milímetro por un guión que nos va dando a conocer personajes y momentos clave de manera muy paulatina, con un ritmo pausado que al final da una sensación de melaconlía potente pero que probablemente exaspere a muchos. Así iremos conociendo a Sonny, un introvertido joven cargado de contradicciones y que ve en Anarene un muro imposible de franquear. A Duane, un impulsivo joven inquieto y asqueado del ambiente del pueblo. Y a Jacy, una joven mimada y egoísta con ganas de experimentar cosas pero atada al destino elitista que le marcan sus ricos padres. Los tres se relacionarán a lo largo del film de diversas maneras y terminarán por comprender que Anarene es un lugar cargado de un bonito pasado, con un presente aburrido y un futuro desolador.

Bogdanovich abordó el tema de la juventud como el más importante de La última película. Sin embargo la localización de la acción no es baladí. El contraste de la época de revolución juvenil de los 50 (James Dean y compañía) contra el Blanco y Negro que dibuja una Texas deprimente y conservadora es lo más potente de una brillante película de ritmo tranquilo, personajes profundos y una fuerza por momentos desgarradora. Es cine de los años 70 en muchos aspectos, pero lejos de la acción y locura de otros filmes. Probablemente Cowboy de medianoche sea la película que más se acerca a La última película por su pesimismo innato, pero llevando el tema de la Gran Manzana a un pueblecito donde las opciones de acción son mucho más limitadas. La última película también será recordada por contar entre sus filas a jóvenes actores que triunfaron posteriormente, incluso hasta hoy en día: Jeff Bridges, Cybill Shepherd, Randy Quaid o el Timothy Bottoms de Johnny cogió su fusil.

La última película probablemente aburra a más de uno porque, entre otras cosas, es un culto al aburrimiento más desesperante. Sin embargo, si uno se deja llevar y se mete en la piel de los tres protagonistas, encontrará un film sublime en muchos aspectos, muy cuidado a todos los niveles y representante de una juventud distinta a la que estamos acostumbrados a ver en la gran pantalla.

8/10

Crítica de cineDecember 9, 2005 12:59 pm

Hacer una película con cuatro duros (7.000 dólares en concreto), alquilando cámaras y rodando en escenarios reales con actores no profesionales está al alcance de cualquiera. Sin embargo, revolucionar el tan manido subgénero ci-fi de los viajes temporales, triunfar en medio mundo, hacerse comer la cabeza a todo espectador con ganas de ello y como guinda final triunfar en Sundance está sin duda reservado a cabezas tan enormes como la capaz de perpetrar un guión tan enrevesado, complejo y dedicado a mentes lúcidas como el de Primer. Probablemente Shane Carruth no será en el futuro casi nadie en el mundo del cine a pesar de haber ya triunfado, porque lo que uno entiende al final de la película es que no está ante un gran director o cineasta, sino ante un cerebro con patas que ha querido rodar, para disfrute propio y goce de los demás, la paranoia que se le vino a la cabeza un día aburrido en la oficina.

Primer comienza alrededor de cuatro ingenieros que en el garaje de Aaron, como tantos otros, planean dar con el circuito que les dé su prejubilación en las Bahamas. Tras un pequeño choque nos quedamos con Aaron y su amigo Abe tratando de inventar algo que en ningún momento se nos explica exactamente pero que Carruth plaga de palabrería técnica y jerga de ingenieros y que sólo sirve para que conozcamos a los personajes y el ambiente de sus vidas, con esas perennes camisas blancas y corbata. Un día Abe le cuenta a Aaron que el invento no ha dado su resultado sino otra cosa bien distinta relacionada con los viajes temporales: un hongo que precisa de 5 años para desarrollarse ha tardado 5 días en hacerlo dentro de la máquina que han inventado. A partir de aquí Primer nos va soltando escenas que nosotros, una vez terminada la película, tenemos que ir reconstruyendo minuciosamente para que al final todo tenga un sentido. Y lo tiene, sin duda, y con qué exactitud, pero quizá ya sea tarde para la mayoría de espectadores que han quedado confusos y que no tienen ganas de repetir el suplicio de no empanarse de nada durante 77 minutos. La diferencia de Primer con películas del mismo corte como 12 monos, Memento o Mulholland Drive es que Carruth no muestra ninguna misericordia con el espectador y huye de él haciendo su propia película, sin dejar opción apenas al entendimiento. Aquí es donde Carruth muestra más sus carencias como guionista, pues no es capaz de controlar una grandísima y compleja idea y su propia capacidad cerebral le nubla a la hora de presentar su guión al espectador.

Y es que el gran fallo de Primer es que es una película y no un puzzle mental. Sin embargo, si uno se abstrae de las hasta nueve líneas temporales que se manejan en el film, el resultado es interesante en cuanto a que supone la película definitiva de las paradojas temporales en todos sus aspectos. La relación de Abe y Aaron evoluciona perfectamente aunque de manera demasiado velada, y la conclusión final puede ser que quizá Primer necesitaba más de los 77 minutos que dura para llegar mejor al espectador sin necesidad de tirar de 15 revisionados o páginas web para su comprensión. Por lo demás Primer es una película amateur en muchos sentidos y se nota en los aspectos de cinematografía pura como la fotografía o los encuadres, pero no llega a incomodar ni a desviar la atención de lo que de verdad sorprende en Primer.

Una película no es mejor cuanto más compleja sea, y Primer camina todo el rato peligrosamente entre el interés creado en el espectador y la falta de ganas de recomponer pieza a pieza algo tan enrevesado. Es sin duda un ejercicio mental de su creador y el tiempo probablemente la sitúe como película de culto reservada a aquéllos que la entendieron. Más o menos.

6,5/10

Crítica de cine 12:27 pm

En la normalidad y una estampa de paz y armonía están los mejores comienzos para todo thriller que mezcle tensión y un poquito de terror. Romper con todo ello a la vez que se plantean cuestiones de supervivencia y violencia fue uno de los méritos del cine setentero y que se despliegan con total acierto en Defensa (o Deliverance, título más acertado), película de John Boorman que estuvo a punto de dirigir Peckinpah, lo cual nos da pistas de por donde van a ir los tiros. Si a la vez se plantea un choque de carácteres entre el hombre de campo y el urbanita y cuestiones como a qué nos lleva el progreso y la destrucción de la naturaleza, el resultado final contiene gotas de maestría.

Defensa nos presenta a cuatro amigos debatiendo sobre el progreso y aproximándose a un río para disfrutarlo por última vez antes de que un embalse lo cubra todo. Su intención es hacer un descenso en canoa para llenarse de paz y naturaleza. Según llegan a su destino conocen a los lugareños, incluyendo el magnífico duelo de banjos que supone uno de los elementos más recordados del film. Tras unas escenas en las que apreciamos el choque cultural entre campo y ciudad nos metemos al río y vamos conociendo diálogo a diálogo a los cuatro integrantes de la pequeña expedición turística. Lewis es un fanático ecologista, el bicho raro del grupo, Bobby es un burlón gordito que se ríe de los planteamientos morales de Lewis y Drew es un concienzudo padrazo y buena persona. Para el final queda Ed, interpretado por John Voight, que es una mezcla de los tres anteriores y el auténtico héroe de Defensa. ¿Qué podía pasar en un fin de semana tan aparentemente tranquilo? Aquí es donde Defensa se revoluciona y sube de temperatura tras el choque definitivo con un par de lugareños que personifican el mal en su esencia más degradada. La película se convierte en una pesadilla, en una carrera de supervivencia en la cual los urbanitas deberán demostrar de qué pasta están hechos.

Boorman consigue hacer una película enorme gracias a su manejo del ritmo. En cada momento es capaz de mantener el film a la temperatura exacta para mantener la atención y cocinar la acción en su punto exacto. Y todo ello con muy pocos medios y gracias al guión original de James Dickey, basado en su propia novela, que constituye el mejor punto de Defensa. La cinematografía no es para tirar cohetes pero poco importa cuando además cuentas con un cuarteto de actores solvente y metido en la película de tal manera que sería difícil imaginar a otros actores en estos personajes. Lástima que en Defensa haya un innecesario epílogo que apenas aporta nada al film, rompe el ritmo y se alarga demasiado. La película con 15 minutos menos hubiera quedado más redonda sin duda.

De todos modos el tramo final no empaña todo lo anterior y Defensa constituye una perla más del cine setentero a todos los niveles, desde la producción barata y sucia hasta los elementos de violencia, rebajando al ser humano a la categoría de animal en lucha por su propia supervivencia. Aconsejada tanto para los amantes de la época como para los que hoy en día disfrutan con el cine duro de acción.

8/10

Crítica de cine 12:02 pm

Si existe un cine en Europa capaz de sorprender y explotar los géneros típicamente hollywoodienses ese es el francés, que en los últimos años, gustando más o menos, ha sabido hacerse un hueco importante fuera de sus fronteras a la vez que reforzaba su cuota nacional. Con tres años de retraso se estrenó en España una extraña película dirigida por Olivier Assayas titulada Demonlover, una suerte de thriller empresarial con mucha imaginación a lo Cypher, que a mitad de película se tuerce en una carrera de confusión para terminar recordando más al cine de Lynch que a un thriller al uso. La lástima es que Assayas definitivamente no es Lynch.

El argumento en su comienzo es muy prometedor y Assayas capta nuestra atención a la perfección desde las primeras escenas en un avión en el que vuelan una serie de ejecutivos. Ellos son de una multinacional llamada Volf y vuelven de negociar la adquisición de los trabajitos de una serie de japos, imaginativos en cuanto a pornografía anime. Que a Assayas le encanta este tipo de animación está fuera de toda duda pues se encarga de mostrar innecesaria y alargadamente trozos de estos trabajos llegando a romper un poco el ritmo. El caso es que paralelamente a esta firma conocemos a Diane, una ejecutiva agresiva interpretada estupendamente con la frialdad necesaria por Connie Nielsen, que se descubre como una espía que a su vez está siendo seguida. Su misión será la de torpedear la contratación de los derechos adquiridos por Volf por la empresa Demonlover, un website que deja en aficionados del porno a los japos y que compite con Mangatronics por el mercado. Como cabía esperar, es Mangatronics quien realmente ha contratado a Diane.

Con estos elementos el thriller se plantea de manera acertada: lentamente Assayas nos va dando gotas de información para rellenar los huecos y vamos sabiendo más y más acerca de Diane y su entorno en un juego de dobles caras constante y emocionante. Además Assayas coloca una cámara en mano que apenas incomoda y consigue crear el efecto de que nosotros, como espectadores, somos espías de la acción en todo momento. Sin embargo quién sabe si por falta de imaginación a la hora de resolver la película o por hacer un homenaje a Antonioni, Lynch y Fellini juntos, la mitad final de Demonlover rompe completamente con la primera dejando en nada el thriller, aunque se nos descubren más cosas, y encadenando episodios de pornografía, violencia y confusión. Las escenas del final resuelven en parte el galimatías pero le dejan a uno con la sensación de haber sido flagrantemente timado. Para la anécdota quedan los planteamientos morales del film, que se adivinan en torno a la deshumanización que produce en nosotros Internet, pero que son tan insinuados que es mejor quedarse con la primera parte del film y con la habilidad de Assayas detrás de la cámara.

Estética interesante, trabajo de cámara acertado y un guión plagado de confusión y personajes oscuros y bien interpretados para una película que sin llegar a dar todo lo que podía haber dado sí muestra que en Europa se puede hacer thriller alejado de los cánones de Hollywood.

6/10

Crítica de cineDecember 6, 2005 14:19 pm

El cine dentro del cine, es decir las películas dedicadas al mundo del cine y sus rodajes y estrellas, siempre ha solido ser abordado a base de destapar los trapos sucios y sacar a la luz las vergüenzas de directores y sobre todo actores. François Truffaut, un amante total del cine americano de los clásicos, se olvida de todos esos planteamientos y nos ofrece una película homenaje al séptimo arte en la que, a través de un rodaje ficticio, usa todos los elementos posibles para darnos una delicia de película convertida en clásico desde su estreno en el 73. Lo mejor que se puede decir de La noche americana es que es un film fundamental para todo amante del cine que tiene curiosidad por saber qué ocurre detrás de las cámaras al ver sus películas favoritas.

El guión, como en la realidad, se centra en el personaje del director Bertrand, interpretado por el propio Truffaut, y todo lo que sucede a su alrededor. La voz en off se usa en contadas ocasiones dándole un ligero toque de documental a la película, pero luego deja paso a todas las pequeñas historias detrás de un rodaje, ofreciendo al final un lienzo general del mismo sin centrar el foco en ningún personaje ni subtrama. En este sentido Truffaut recuerda al mejor Altman a la hora de plantear muchos pequeños protagonistas en un universo que es el auténtico personaje central. En este caso, ese personaje es el cine y la película “Presentando a Pamela”, una sencilla película a nivel de producción que sin embargo contiene todos los ingredientes ideales para que Truffaut, llevándolos un poquito a la exageración en pos del dramatismo y entretenimiento, describa todo lo que le bulle por la cabeza y haga el homenaje que tenía en mente. Y no sólo se centra en los actores principales sino que en La noche americana tan protagonistas son ellos como la script, la maquilladora, el regidor, el encargado de atrezzo y en definitiva toda la recua de personas que nunca vemos en la pantalla pero que tan responsables son del éxito o fracaso de un film. Al final el paralelismo entre cine y realidad consigue emocionarnos ante algo tan trivial como una película y la sensación de que toda película, buena o mala, merece un respeto por la cantidad de esfuerzo y trabajo que lleva detrás.

Los guiños son sin duda otro de los elementos más a mano de Truffaut, por ejemplo a la hora de insinuar que el cine ya no se hace en estudios sino en la calle y con actores no profesionales (Nouvelle Vague, de la cual él formó parte) o darle un rápido homenaje a todos sus directores favoritos a través de los libros que tiene Bertrand. Además de estos pequeños toques tan personales de Truffaut observaremos también los trucos de séptimo arte: cómo hacer lluvia, un accidente de coche, la forma de trabajar de los actores, una vela que ilumina la cara perfectamente… en fin todo ese tipo de cosas que normalmente conocemos a través de los “Cómo se hizo” pero que Truffaut utiliza al servicio de la película con maestría. Los actores están todos estupendos y se les nota tan ilusionados como al propio Truffaut, destacando Valentina Cortese en el enésimo papel de vieja gloria en horas bajas explotado en El crepúsculo de los dioses o Eva al desnudo, o Jacqueline Bisset, con un personaje de estrella mediática ideal para cebarse con él pero que Truffaut trata con tanta humanidad como al resto.

El cuadro final que representa La noche americana es un homenaje con todas las letras al mundo del cine más clásico, que huye de los conflictos de trapos sucios como vía de dramatismo y se limita a seguir como un ojo espía todos los pasos claves del proceso creativo que lleva a nuestras salas tanto las obras maestras como las películas más olvidables. Indispensable obra maestra del genio Truffaut.

9/10

Crítica de cine 13:43 pm

El cine de comedia está en franca crisis desde finales de los años 70 por la falta de ideas interesantes y originalidad. Precisamente ambas cosas le sobran a Wes Anderson a la hora de hacer sus personalísimas películas que tanto adoran unos como confunden a otros. A la estela de Los Tenenbaums, película que lanzó definitivamente a su creador, Anderson coloca su surrealismo al servicio de una película de aventuras. Quizá sea el soporte base o el planteamiento episódico de su guión, pero lo cierto es que el resultado final no convence y produce una sensación de indiferencia bastante grande. Sin embargo, bien es cierto que los acérrimos fans del particular universo que crea Anderson en cada film se verán satisfechos con los taciturnos personajes y momentos de comedia absurda que crea el director.

En Life Aquatic Anderson pone el foco en Steve Zissou, interpretado por Bill Murray en un personaje que le va como anillo al dedo y mantiene el nivel de Lost in translation, un marino francamente inspirado en el lobo de mar Jacques Cousteau. Junto a él existe otro personaje clave que es el Belafonte, su barco para exploraciones, y además de ello toda una tripulación que tiene como factores comunes un aura de perdedores y un dibujo que camina entre el absurdo y el surrealismo. Zissou, en la parte final de su carrera como documentalista y capitán de barco, tiene dos retos ante sí: intimar a su recién conocido hijo de 30 años y encontrar a una especie marina sacada de la imaginación, el tiburón jaguar, que acabó con su compañero de fatigas en la última expedición. Todo ello condimentado con mil y unas subtramas a cada cual más original que en el planteamiento son interesantes pero que siempre dan una sensación de vacío final y de poder haber aprovechado mejor las ideas de partida. Todo va en ninguna dirección, sin conclusiones, sin explicaciones y con un toque de surrealismo que aplicado a una película de aventuras no termina de pegar. Es cine de Anderson en estado puro, y todo depende de si uno conecta desde un comienzo con los planteamientos de tan particular universo.

Aparte del guión, que o bien encantará o bien dejará frío, el resto de elementos que Anderson pone en juego es la parte fuerte del film. El ritmo es acorde con la historia y la cinematografía resulta interesante y donde Life Aquatic llega un poco más allá que Los Tenenbaums: planos secuencia fantásticos y un uso del colorido y los efectos realmente sorprendente. Los actores se adaptan al guión y se complementan entre sí, sobrándole al reparto todo el talento del mundo: Owen Wilson, Cate Blanchett, Anjelica Huston, Willem Dafoe… un reparto que pocos directores pueden tener el honor de tener en sus films. El punto en el que casi todos, independientemente del gusto por el cine de Anderson, estarán de acuerdo es la fantástica Banda Sonora a base de brasileñas adaptaciones de David Bowie. Es lo mejor de la película.

Wes Anderson no varía la partitura en Life Aquatic y por tanto la película convencerá a todos aquéllos que salieron encantados con Los Tenenbaums. Pocas sorpresas a base de guión surrealista y comedia de sonrisa a ratos hilarante, herencia de los Monty Python, que a los no acostumbrados a las propuestas de Anderson probablemente deje con una sensación de indiferencia peligrosa.

5,5/10