No hay ninguna duda en que el boxeo es el deporte más cinematográfico de los existentes. Los ejemplos son numerosos y este salvaje deporte ha servido de base para grandes películas que todos recordamos como Toro Salvaje o la más reciente Million Dollar Baby. El acercamiento que realiza Ron Howard en su Cinderella Man no muestra excesivas novedades argumentales ni visuales a todo lo visto sino que se limita a rodar una película bastante convencional con los sellos de marca del director de encargos por excelencia: buena producción, buena resolución, entretenimiento y tufo a Oscar. Esto último le ha salido rana a Howard porque la película no parece llevar una buena carrera en ese sentido, pero todo el film huele a búsqueda de Oscar, ya no sólo por el tema y los actores elegidos sino por la narración casi impoluta sin grandes aspavientos ni novedades. A pesar de ésto el resultado es el de una buena película cuyo mayor mérito reside en resultar muy entretenida a pesar de sus largos 140 minutos.
La historia de Cinderella Man no es muy distinta a la que se suele rodar con boxeadores como protagonistas. Tras un innecesario e inconveniente comienzo pasamos a un flashback en el cual se nos cuenta la historia de un buen hombre, bondadoso y constante, que lo tuvo todo y lo perdió también todo en el crack del 29. El paralelismo de la narración entre la historia de la depresión americana y su personificación en el boxeador Jim Braddock es probablemente uno de los puntos fuertes del film, aunque precisamente por la misma razón la película no llega a oscilar ni a un tema ni al otro con decisión. Braddock sobrevive a duras penas en una casucha y, tras romperse en mil pedazos su mano derecha, se ve obligado a abandonar su mayor pasión y sustento, el boxeo. Tras dedicar bastante metraje a todo tipo de penurias económicas sin apenas pasión detrás de la cámara ni emoción en la cara de los actores la película da un buen salto cuando a Braddock le ofrecen volver para un único combate tras el cual, como se ve venir, vendrá otro y otro y la vuelta a los rings del antiguo campeón. La moraleja es simplista como casi todos los mensajes en las películas de Howard: si uno se esfuerza y es buena persona, al final la vida te da segundas oportunidades. Todo el film rezuma un regusto sensiblón que no termina de cuajar y que huele a americanada convencional.
Sin embargo la parte final merece la pena bastante. Howard se nos descubre como un director eficiente capaz de resolver escenas tensas con un montaje muy adecuado. No es que las escenas de boxeo sean revolucionarias o vayan más allá de lo visto en películas parecidas, pero llegan en un punto de la narración muy correcto y están rodadas muy brillantemente. Además ayuda el hecho de que Zellweger, que interpreta a la impersonal esposa de Jim Braddock, desaparezca casi del todo de la pantalla y deje paso al binomio Crowe-Giamatti que depara los momentos más sinceros de la película gracias a la buena química entre ambos actores. El resto de los elementos de la película son, como cabía esperar, sobresalientes aunque sin demasiada alma. El diseño de la América en depresión es bueno pero demasiado limpio, los actores siempre van maquillados y el verdadero acierto estilístico viene del tono ocre con que Howard plaga la película. La BSO de Thomas Newman acompaña correctamente pero le falta también espíritu.
En realidad todo en Cinderella Man es como el cine de Howard: brillante y correcto pero sin alma, sin pasión. Es un buen narrador que lo mismo sirve para un roto que para un descosido y que probablemente nunca llegue a la categoría de maestro por fallarle la personalidad en sus films. Sin embargo hay que reconocer que en Cinderella Man el trabajo bien hecho se agradece y entretiene de sobra aunque probablemente al rato de ver la película ésta vaya a ir a ocupar un lugar recóndito en nuestra memoria.
6,5/10